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Cartas oceánicas

Maradona: la botella del genio

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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Camisa blanca, corbata floreada y pendiente de diamantes en la oreja izquierda, Maradona debuta como director técnico encerrado en una jaula. Suspendido por consumo de efedrina en USA 94, encontró el remedio a una sanción de 15 meses convirtiéndose en entrenador. Sin carnet para dirigir, Mandiyú le habilita una celda en la grada: entre malla ciclón y alambre de púas dirige a su equipo, al rival, al árbitro y a los aficionados que le rodean. La escena resume uno de los momentos más dantescos de su carrera: el mejor jugador del mundo era exhibido como fugitivo. Aquella tarde en Corrientes, Mandiyú cae frente a Rosario 1-2; el estadio, indiferente al resultado, canta: “¡Maradoooo, Maradoooo…!”. No duró mucho tiempo en ese calabozo, tampoco en la caseta de Racing, donde sus declaraciones al término de cada partido eran un análisis preciso y explosivo. En Maradona coincidían, como en pocos cracks, el conocimiento del jugador y del juego, sabía mucho de futbol, pero nunca encontró la manera de compartirlo. Con una memoria fotográfica, describía jugadas y momentos que ayudaban a explicar movimientos a sus jugadores. Pero en esa cabeza ciclónica y dispersa, nada de lo que pensaba en la banca se parecía a lo que expresaba en el campo. El entrenador estaba encerrado en Maradona, un envase único: la botella del genio. Cumplidos los 15 meses se quitó la corbata y volvió a la cancha, jugó para Boca, jugó con nuestra memoria y se retiró por segunda vez. No volvimos a verlo, a partir de entonces, nos conformamos con escucharlo las pocas veces que lo vimos lúcido. Dicen, quienes le conocen, que hablar de futbol con él es maravilloso. Los aficionados de Culiacán y sus jugadores se van a divertir: disfrútenlo, admírenlo y, sobre todo, respétenlo.

josefgq@gmail.com

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