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Martes , 19.06.2018 / 04:10 Hoy

Cartas oceánicas

La rendición de París

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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París encendió la torre, cruzó el arco, abanderó a sus habitantes, llenó de pólvora el parque, hizo de los príncipes un ejército y por la noche, capituló: el Real Madrid, con 116 años cumplidos, festejó en el centro del continente más de un siglo de dominio. El PSG entregó una ciudad imperial, indefensa ante la personalidad del campeón de Europa, que acostumbrado a comportarse como monumento, definió la eliminatoria con su clásica jerarquía: lleva la historia zurcida a mano, mientras más tiempo pasa, más pesa su camiseta. Con ese rango tan visible que la autoriza ante cualquier equipo, el Madrid jugó un partido pacífico en un estadio atrincherado. A estas alturas de su vida, no hay escenario que le espante, salió de blanco y se marchó con una victoria impecable. Por eso causa ternura la apología del PSG, calentando el juego con escenografías infernales. Lejos de acojonar, estos montajes motivan a los cuadros grandes. Ninguno como el Real Madrid para crecer en la adversidad, hecho de momentos críticos, su trayectoria es una hazaña constante. Clasificado a cuartos de final sin jugar el mejor futbol del torneo, mantiene la condición de máximo favorito por antonomasia. Oficialmente, es el equipo a vencer. En el futbol, la pasión es un elemento que sube y baja: asciende del campo a la grada y desciende de la grada al campo; ese misterio que conecta jugadores con aficionados, no lo tienen equipos sintéticos como el PSG. Se necesitan años para conseguir que un Club gobierne con la piel cada partido. El Madrid lleva 116 años curtiendo el pellejo, es un experto en curar. Se le puede discutir el juego, el estilo o la calidad; lo que nunca se le puede cuestionar es su memoria histórica, al Madrid no se le olvida cómo ganar.

josefgq@gmail.com

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