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Lunes , 18.06.2018 / 12:46 Hoy

Cartas oceánicas

La delgada línea de banda

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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No hay equipo en el mundo que sobreviva sin afición, grande, pequeña, local, nacional o internacional; la gente que soporta un escudo es el único sentido de una organización deportiva. Son los clubes con mayor número de aficionados los que ofrecen mejores rendimientos en el mercado, pero esta correspondencia tan básica: más millones de personas equivale a más millones de dólares, ha convertido la relación club-aficionado en una transacción fría, impersonal y peligrosa. Antiguamente, cuando la nómina del futbol dependía de la taquilla, los ingresos por licencias y transmisiones servían para pintar el campo y cambiar las redes. Eran tiempos donde las entradas ofrecían al aficionado un documento de identidad: sentarse en el mismo sitio, asistir al campo con el mismo amigo, y apoyar, disfrutar, sufrir o exigir al mismo equipo. Los derechos del aficionado que adquiría un boleto o abono de forma recurrente, le concedían una posición privilegiada y hereditaria en la historia de su equipo. Pero cuando el futbol se expandió, las ciudades crecieron, y el flujo de ingresos en los equipos cambió; el aficionado tradicional fue desmantelado por el anonimato del aficionado portátil. Basta con observar las redes sociales de cualquier equipo para comprender que el deporte ha perdido calidez e intimidad, perdiendo también el respeto, un principio fundamental entre jugadores y aficionados. El fin de semana confirmó esa tendencia que cruza la delgada línea de banda, cuando once cruces amanecieron en el entrenamiento del Hamburgo, una manada de salvajes invadió el campo del Lille para golpear jugadores, el capitán del West Ham sacó del partido a un fanático que entró a presionarles, y el Maza Rodríguez encaró a un aficionado que le insultaba.

josefgq@gmail.com

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