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Lunes , 16.07.2018 / 06:16 Hoy

Cartas oceánicas

Juego de Patriotas

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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Staubach, Bradshaw, Montana, Marino, Elway, Favre, Aikman; los mariscales de campo son capaces de reclutar afición por sí solos, su personalidad sigue influyendo en el ánimo de generaciones enteras que se identifican con un equipo, defienden un estilo de vida, forman parte de una cultura, y con los años terminan extrañando una época. El último gran fenómeno de masas, Tom Brady, hizo de los Patriotas de Nueva Inglaterra el equipo más popular de nuestros tiempos. Todavía hay quien discute si Peyton Manning, con una matrícula ejemplar, supera las condiciones de Brady como quarterback. Al margen de anillos y números, la NFL es una Liga muy sabia: los Patriotas cultivaron una nueva generación con Tom Brady, que lanzó una franquicia para la historia. Nadie puede discutirle a Nueva Inglaterra el lugar de privilegio que tiene en la historia de cualquier deporte. Pero al aficionado de pick up, pasamontañas, barril de cerveza y barbacoa, le cuesta aceptar que el marido de Gisele Bündchen haya amenazado la herencia de Montana, un llanero solitario, o de Terry Bradshaw, el hombre bajo la cortina de acero. Tom Brady sacudió la figura del empacador, el acerero y el cowboy, íconos de una cultura que define a la NFL como el gran pasatiempo del jornalero norteamericano. Las viejas castas de la Liga, obreros que levantan un país todas las mañanas, se sienten incómodas representadas por un quarterback de GQ. Distinto a lo que sucede en otros deportes, la afición en el futbol americano no se hereda, ni se aprende. Se encuentra, es intransferible. La posición de mariscal de campo es quizá la única en todo el deporte profesional, que produce identificación por encima de un equipo. La influencia de Brady en el crecimiento de la NFL, ha sido fundamental.

josefgq@gmail.com

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