Del entrenamiento a la grada y de la grada a su casa, sin pisar el viejo campo del Calderón, se volvió una desesperante rutina en la vida de Raúl Jiménez que se planteó el regreso al futbol mexicano. Llegar de un día para otro y sin ningún fogueo europeo al Atlético de Madrid, uno de los equipos más intensos y exigentes de la época, puso en riesgo la carrera de un joven futbolista que había afilado los colmillos de voraces buscadores de talento. Con buena planta, educado y facilidad para el remate, el atacante que había descubierto el mundo con una chilena decisiva en el Azteca, era un jugador ideal para colgarle etiqueta de exportación. Quien lo haya llevado al Atlético de Simeone le precipitó, deslumbrando con un cartel de estelar a un telonero; pero acertó al convencerlo de quedarse en Europa y volver a empezar. La carrera de Jiménez ha ido de adelante para atrás, contra corriente: Atlético, Benfica y Wolverhampton; este último, un club de la periferia inglesa que le permitirá desdoblar los casi dos metros de juego que le acompañan. Jiménez está donde debió estar hace cuatro años: jugando para un club menor dentro de una Liga mayor. La Premier, que a pesar de su novedoso apego a la tierra sigue requiriendo futbolistas aéreos, es un buen lugar para que levante el vuelo. Con un cabezazo que rescató un empate contra el Everton al iniciar el campeonato, se abre un nuevo panorama. Hay atacantes que nunca podrán ser goleadores de Clubes grandes, exigentes de un juego que requiere todo tipo de recursos alrededor del área; Jiménez sin embargo, tiene por delante a sus 27 años la oportunidad de convertirse en un jugador importante del interior europeo. Esas tierras medias del occidente británico, son un buen prado para echar raíz.
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José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo
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