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Cartas oceánicas

El rival es Brasil

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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Desde la célebre derrota frente a Chile la reputación de la selección nacional mexicana no vivía horas tan bajas. Desnuda, fuera y dentro de la cancha, en menos de una semana perdió las últimas capas de cobertura que protegen a los grupos en situaciones límite: moral, prestigio y confianza. La única sensación positiva alrededor de México no llega del interior del equipo, sino del exterior: Alemania no disfruta de su mejor estado de forma. A seis días del partido en el Luzhniki, ambos cuadros están lejos de ofrecer su mejor interpretación. La ventaja de los alemanes es que saben muy bien cuál es esa versión a la que pretenden acercarse; México, aún la desconoce. Aceitado en competencia, el mecanismo alemán funciona mejor con las revoluciones a tope, eso explica la inusual delicadeza con la que encaró sus últimos partidos: dos derrotas, un empate y solo una victoria, en Múnich, contra Arabia Saudita. Sería imprudente evaluar el sistema alemán por una racha de amistosos, hay equipos que solo son reconocibles a vida o muerte, Alemania es uno de ellos. Sin embargo existen síntomas para advertir que la Mannschaft no es esa selección de dinámico juego que enamoró al mundo los últimos cuatro años. Dueña de seis velocidades, tiene una gran virtud, es capaz de ganar el partido con un motor diesel y en primera: si no puede ser hermosa, será confiable y aparatosa. Con tal de evitarse en octavos, alemanes y brasileños intentarán cualquier cosa, el Mundial no está preparado para una revancha temprana: el primer lugar de grupo es una póliza rumbo a cuartos. Pensando en la inagotable promesa del quinto partido dedicamos mucho tiempo a la esperanza de vencer a Alemania, y muy poco a la posibilidad real de perder frente a Brasil: por ahora, invencible.

josefgq@gmail.com

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