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Lunes , 25.06.2018 / 07:14 Hoy

El futbolista que no podía dejar de sonreír

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Dueño de una sonrisa deslumbrante, pocos futbolistas hicieron tan feliz al balón como Ronaldinho, un jugador gozoso que asomaba la nostalgia de una decadencia constante: cuando hizo cumbre se desplomó. Campeón de Europa con el Barça, alcanzó la cima del futbol mundial en un equipo que dependía de su alegría: si Ronaldinho se divertía el Barça ganaba; si se aburría, perdía. Imposible saber hasta dónde habría llegado la carrera de Ronaldinho de no confundirse entre la bruma mediterránea y la rumba catalana. Barcelona que lo encumbraba por las tardes, pasada la media noche lo devoraba. Lo peor y lo mejor de Ronaldinho tenía que ver con la calle. Por las banquetas, arrastrando una madrugada aguardentosa, o tirando una pared delicada para terminar una maravillosa jugada. Fue en la primera temporada de un joven entrenador que venía de dirigir canteranos, cuando el Barça toma una decisión que en su día causó un enorme revuelo: Guardiola le pide a Ronaldinho que recoja sus cosas del casillero, y echando al mejor jugador del mundo, se gana el respeto del vestidor. El Barça de entonces era un congal que bailaba al ritmo del brasileño. Ronaldinho entrenaba dos veces por semana, el resto de los días asistía para sesiones de hidromasaje, sauna y cámara hiperbárica, donde el cuerpo médico le curaba las resacas. Ahí quedó lo mejor de Ronaldinho, estampado en los muros interiores del Camp Nou: un mosaico genial que apenas Messi y un equipo de época pudieron descascarar. Ronaldinho pudo ser el mejor futbolista de todos los tiempos, pero prefirió divertirse antes que competir, la gente pagaba un boleto pare verlo jugar, no para verlo ganar. Tanta fuerza asociada a tanta gracia, no se había visto jamás. Su carrera fue una alegría incontrolable.

josefgq@gmail.com

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