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Cartas oceánicas

El corazón en un puño

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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Futbolistas, marchistas, clavadistas y beisbolistas, son en diferentes épocas, la alegría de nuestro país. Pero ninguno como el boxeador: un peleador que resume con sangre, sudor y lágrimas, la lucha de millones de mexicanos. El boxeo fue durante muchos años un escudo protector, en pocos escenarios México había sido considerado una potencia mundial como lo era sobre el cuadrilátero. Puede pensarse que sentir orgullo por un espectáculo brutal, es tan cruel como explicar que México producía campeones mundiales debido a las terribles condiciones de vida en las que estos ídolos nacían. Pero esa era la realidad: el boxeo se alimentaba del hambre, y en el hambre, México también ha sido potencia mundial. Aunque continúa como su principal promotora, con el paso del tiempo la relación entre miseria y boxeo cambió. Aun así, sigue siendo esa sensación por venir de abajo, por vencer en el cuerpo a cuerpo a gigantes, y salir adelante solo y con sus propias manos; la que causa una fascinante identificación por el boxeador. Existía una extraña muestra de respeto por un país cuyos máximos representantes deportivos eran peleadores: Olivares, Sánchez, Cuevas, Zárate, Saldívar, Morales, López, Márquez, Barrera o Chávez. No es lo más sano, pero de alguna forma esos hombres que metían en un puño el corazón de México, se convertían en símbolo de esperanza frente al dolor y el sufrimiento: ahí estaba su maldita popularidad. La pelea del sábado 15 de septiembre conmemora ese otro grito social. En el lomo de Saúl Álvarez recae algo más que un espectáculo montado sobre una cubierta artificial. Muy al fondo, en la esquina de ese cuadrilátero, el Canelo es el último heredero de aquellos boxeadores que estando contra las cuerdas, hicieron Patria.

josefgq@gmail.com

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