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Jueves , 13.12.2018 / 09:05 Hoy

Cartas oceánicas

El antebrazo izquierdo

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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Miguel Calero murió tres veces, se fue un padre, un amigo y un héroe. La familia, el equipo y el aficionado, cada uno desde su profundo y distinto dolor, coinciden en recordarlo como un hombre sencillo que se uniformaba cada domingo de guardameta; uno grandioso. Y de la misma forma que murió, vivió: dejando una profunda huella en sus hijos, muchachos alegres y sanos; en su equipo, una institución a la que representó con su bondad, y en sus seguidores, a los que enseñó el valor de un líder en la batalla. La trayectoria de Calero, a seis años de su marcha, nos sigue enseñando que el mejor camino en el complicado mundo del futbol, es una línea recta: volaba directo, sin escalas. Era una persona llana.

Fuerte y formal, usó los dedos como un batallón de salvamento, el corazón como una bomba de tiempo y la cabeza como un punto de encuentro: más que la portería, defendía sus ideales, era el que protegía la casa. Pero no fueron sus manos, un relicario; sus huesos, una torre de marfil; ni su abdomen, una bolsa de carácter; la parte más importante de su cuerpo. Su secreto mejor guardado estaba en el antebrazo izquierdo, donde se amarran los gafetes del capitán al cuero. El Capitán Calero, un puesto más importante que el de portero, consiguió que varias generaciones de jugadores y fanáticos se afiliaran a un estilo vida y un estilo de juego. Porque la vida y el juego, según Miguel, era pasión, lealtad y alegría. Esa personalidad contagiosa, capaz de incubar el virus del deporte en la médula del más incrédulo, le confirió una última responsabilidad; además de hijo, esposo, padre, portero, amigo, compañero y capitán: ejercería de inmortal.

¿Por qué se extrañan tanto a futbolistas como éstos? La escasez de liderazgo no es exclusiva del futbol mexicano. En todas las ligas se producen cada día jugadores más completos, pero deportistas menos comprometidos. No es cuestión de profesionalismo, la caballerosidad es el misterio. Así en la tierra como en el cielo, invocaremos el ejemplo de hombres como Calero: cuando las estrellas se confundan en el horizonte, los técnicos no encuentren la brújula y los capitanes modernos pierdan el norte.



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