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Cartas oceánicas

Cuarto para la hora...

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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Pocas cosas han cambiado entre Brasil y Rusia: el mejor futbolista del mundo sigue siendo Messi, Cristiano continúa muy cerca, ningún equipo que no se llame Real Madrid o Barcelona ha ganado la Champions League, el juego no promovió revoluciones que permitan creer que en el Mundial veremos algún estilo sorprendente o innovador, y tampoco existe una estrella emergente que llame la atención del público con unanimidad. Salvo la incorporación del VAR, y la intervención del FBI en FIFA, los últimos cuatro años han pasado sin hacer ruido. Hace algunos años, cuando el futbol no era un dispositivo portátil, los ciclos mundialistas ofrecían tres escenarios en los que podíamos disfrutar novedades: la Copa América servía para mostrar promesas, la Eurocopa para descubrir nuevos sistemas y el Mundial para confirmar a los grandes cracks. Las selecciones nacionales representaban el progreso. Rusia 2018 no promete muchas emociones al margen de los resultados inesperados, comunes en todos los mundiales. El futbol llegará a Moscú con casi todo visto, en parte, porque ha perdido la capacidad para ocultarse. Saturado por el calendario y entubado por la banda ancha, la cobertura que se hace a diario desde todos los frentes internacionales distribuida en ámbitos locales, impide que el Mundial se guarde algo extraordinario. De tanto vernos, jugadores, medios, equipos y aficionados, hemos ido perdiendo la capacidad de asombro: nos conocemos demasiado. La Copa del Mundo contaba con la virtud de la añoranza, el tiempo que transcurría entre una y otra, convertía la espera en una aspiración lejana: el Mundial era una familiar al que se extrañaba. Hoy, a quince días de inaugurarse y después de tanto futbol consumido a todas horas, apenas emociona.

josefgq@gmail.com

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