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Cartas oceánicas

Ciudadanos

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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Con las manecillas señalando la historia y el futuro en un puño, Manuel Neuer se lanza al área de Ochoa intentando salvar el prestigio. Los últimos minutos del resumen la hazaña, México estaba dando una lección al campeón en propiedad privada: la Copa del Mundo. Los tres puntos que ofrece la victoria quedan cortos, la tarde del Luzhniki es una herida muy profunda en el recio pellejo alemán. El resultado, producto de un carácter solidario que brota en los momentos más críticos de nuestro país, descubrió sin proponérselo ese estilo de juego que tantas veces se ha intentado definir: el mexicano es un futbolista intrépido, a vida o muerte, convierte la tragedia en sueño. No se explica de otra forma un triunfo concebido a contra cultura de los alemanes. El mexicano fue un equipo sin temor, se jugó la vida con la misma personalidad que encara su pueblo la lucha diaria. Por primera vez, México identificó en su selección a un grupo de civiles. Disfrazados de futbolistas, el núcleo de jugadores que sometieron y resistieron a Alemania, ejercieron como auténtica representación ciudadana. Ese milagro que el Mundial suele confundir con nacionalismos baratos, funcionó como un mecanismo opuesto: fueron los jugadores quienes asumieron el papel de millones de mexicanos que durante tantos años, esperaron que su equipo más querido empeñara el alma de la misma forma que lo hace la gente sosteniendo con tanto sacrificio este país en movimiento. Lejos de un campo de juego hay muchas que cosas que imitar al proyecto alemán, una nación ejemplar, pero el futbol, con esa sencillez que tiene para explicar la vida, nos demuestra que un país como el nuestro tiene el mayor tesoro que podemos heredar: el incansable y batallador espíritu de su gente.

josefgq@gmail.com

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