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Domingo , 22.07.2018 / 19:37 Hoy

Cartas oceánicas

Amenaza rusa

José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo

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Armada por el odio y encapuchada por el anonimato, una "delegación" de ultras rusos visitó con absoluta normalidad a los líderes de las barras bravas hace unas semanas en Buenos Aires. El encuentro fue denunciado por diversos medios argentinos que alertaron sobre un objetivo común: una alianza entre ambos bandos para atacar hooligans ingleses durante el próximo Mundial. Esta especie de "seminario" para terroristas, casi una estrategia de guerra hecha desde el oscuro subsuelo del deporte, demuestra que los nacionalismos siguen encontrando en el futbol un ambiente propicio para cultivar ideologías y activar seguidores. A 111 días de Rusia 2018, la advertencia es preocupante: el futbol vuelve a oler a pólvora. Ayer murió un policía infartado en Bilbao durante enfrentamientos con ultras del Spartak de Moscú, que a través de las redes sociales, condicionaron el partido de Europa League contra el Athletic Club. Los alrededores de San Mamés funcionaron como campo de entrenamiento y reclutamiento para atacantes rusos uniformados como equipo de futbol. La inofensiva apariencia de un juego que disfraza equipos de naciones, futbolistas de patriotas y abandera aficionados por legiones, se vuelve amenazante cuando se confunde a las selecciones nacionales con defensores del pueblo, y a los clubes de futbol con hospicios para criminales. Cuando se utiliza un fenómeno social como pretexto para activar un fenómeno paramilitar, caso concreto de los adiestrados ultras rusos, el deporte se convierte en un sistema de defensa, exaltación e identificación territorial de una sociedad anónima. No hay peor fanatismo que elevar un equipo de futbol al nivel de la Patria, ni Patria más triste que aquella que necesita un equipo de futbol para unir a su gente.

josefgq@gmail.com

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