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Lunes , 22.10.2018 / 06:13 Hoy

De paso

Peña y el empedrado camino al 2018

José Luis Reyna

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El proceso electoral de 2018 ya empezó. La clase política mexicana es vanguardista en el juego de los tiempos: siempre se quiere adelantar o, como diría Martín Luis Guzmán, todos conjugan el verbo "madrugar": ser los primeros, en aras de obtener el poder. El jefe del Ejecutivo federal tiene que estar preocupado. El camino pavimentado por el que inauguró su travesía en la senda del poder se ha vuelto una brecha llena de obstáculos insospechados. El PRI tiene una alta probabilidad de perder la próxima contienda electoral. Se han acumulado muchos agravios y errores que afectan a una ciudadanía cada vez más incrédula, cada vez más escéptica y cada vez más crítica del acontecer político nacional. Se ha trazado una ruta tortuosa para el 2018 que, para ser breve, empezó en Ayotzinapa y, con varias escalas de por medio (Higa), está culminando por ahora en el escándalo de la empresa española OHL y reencontrándose en Ayotzinapa.

Peña Nieto consiguió el poder en las urnas: haya sido como haya sido. Está pendiente todavía que obtenga la autoridad para ejercerlo. Hubo destellos, al principio de su gestión, que insinuaban que el poder y la autoridad harían una buena pareja. Sin embargo, los hechos se encargaron en divorciar a uno de la otra. Ejercer la autoridad es mejor que ostentar el poder. La diferencia es la legitimidad. Ésta es un bien escaso en estos días aciagos para la administración de Peña Nieto. Se tiene la impresión de que al Presidente le importa solo el poder, no lo demás. La lealtad hacia el primer mandatario es el valor que rige los destinos nacionales. La eficiencia, en consecuencia, es un valor secundario. Qué mejor prueba la composición de su gabinete y los tibios cambios recientes que ha hecho. De esto, precisamente, es de donde proviene el empedrado camino que tendrá que recorrer desde ahora hasta 2018. Dadas las circunstancias se vislumbra una nueva alternancia en el poder. Ni siquiera entre partidos, sino de un partido a un candidato independiente.

El país cambió en los últimos lustros. No es el México de mediados de siglo pasado, donde el ejercicio del poder era (casi) incuestionable. Hoy en día se tienen instituciones que supervisan el ejercicio de gobernar y existen organizaciones ciudadanas que reaccionan ante las decisiones discutibles. Ahí está el ejemplo del subsecretario verde (Escobar), cuyo nombramiento puso una piedra más en el tortuoso camino del próximo proceso electoral presidencial.

Hay un divorcio entre cómo se ejerce el poder y la vida ciudadana. Se tiene la impresión de que vincular estos dos factores es irrelevante para la clase en el gobierno: hay negligencia e incapacidad gubernamentales. De una u otra forma, el efecto es el mismo: el desánimo, la desconfianza, el demérito del régimen.

Muchas decisiones son tomadas supuestamente para bien pero, al final de cuentas, resultan en un agravio para la sociedad. Decisiones que acicatean el enojo y desmerecen la labor de gobernar. Un Presidente carente de mediaciones que vienen de cualquier lado de la sociedad: maestros, Ayotzinapa, conflicto de intereses, empresas constructoras envueltas en las tinieblas y tantas cosas más. Peña Nieto ha construido su entorno político en los que casi ninguno pierde (por ejemplo, el secretario Ruiz Esparza), excepto él. El jefe del Ejecutivo asume los costos, no los distribuye. En esas condiciones, el propio Peña Nieto está empedrando una sucesión que, para ser agorera, está difícil que la gane de acuerdo con sus predilecciones.


jreyna@colmex.mx

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