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De paso

“La cosa es calmada”*

José Luis Reyna

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Después del 1 de julio, el candidato triunfador ha llenado todos los espacios. El voto sirvió como una especie de tranquilizante para los ciudadanos. Sin repetir las cifras electorales que dieron lugar a la vorágine morenista, el hecho de sufragar tuvo un efecto catártico en los votantes. En las urnas se introdujo el enojo social y el desacuerdo con nuestros gobernantes. Ese día se advirtió que el voto, en este país de la desconfianza, sí cuenta. Que sirve para castigar así como para premiar. Se demostró que la participación ciudadana, abundante como lo fue, nulifica el fraude y pavimenta el reencuentro con la esperanza democrática.

Una de las consecuencias del triunfo de AMLO es el desbordado entusiasmo ciudadano. Por ello, el ganador ha empezado a actuar de prisa, como si el tiempo se le acabara. Desde que se dieron a conocer los resultados electorales, la misma noche de la elección, el virtual presidente electo de México empezó a anunciar tantas medidas que, por una parte, hacen crecer las expectativas y, por la otra, preguntarse cómo podrán lograrse.

Apegado a su lema de campaña, la corrupción será la prioridad de su administración. Nadie podrá estar en desacuerdo con la medida. Esta promesa fue uno de los pilares del triunfo del tabasqueño. Sin embargo, hay propuestas que, sin alejarse del objetivo de abatir las irregularidades, tienen que ser planteadas sin apresuramientos. Una de ellas es la disminución de los sueldos de los funcionarios públicos. No hay duda de que nuestra clase política ha abusado del poder al asignarse cantidades estratosféricas en suelos, bonos y prestaciones. México es un país de políticos muy ricos y de millones de habitantes muy pobres. Pese a lo bien visto de la medida, es necesario calibrarla. No todos los funcionarios públicos desempeñan sus funciones por favoritismos. Aceptar esta premisa es negar el mérito y el profesionalismo de muchos servidores al servicio del Estado. Disminuir sus emolumentos pondría en riesgo la eficacia del nuevo gobierno ante la inminente fuga de personas a otros trabajos que remuneren sus calificaciones acorde a sus méritos. Saldría más caro adiestrar a los nuevos que mantener a los experimentados. Esta propuesta, sin duda amerita una profunda revisión, que hasta ahora no se ha hecho.

Es muy discutible también descentralizar la burocracia pública. La premisa correspondiente es que la dispersión de la burocracia pública equivaldrá a no tener en el abandono a las entidades federativas. Brasilia, hoy capital de Brasil, se planeó desde fines del siglo XIX. No fue hasta 1959 que se tornó la nueva capital de ese país amazónico. Mudar el gobierno federal tardo más de 15 años, implicando gastos enormes para el traslado de miles de burócratas. Descentralizar implicaría desatender lo verdaderamente prioritario: la corrupción y la inseguridad. Sería desperdiciar recursos en el camino: se traicionaría a la austeridad. Por ello, el virtual nuevo gobierno tiene que “serenarse” y evaluar bien las propuestas. Las mencionadas, unas pocas de las muchas propuestas, servirían de poco para el nuevo México que todos esperamos.

*Frase del cómico Clavillazo (no de Ochoa Reza).

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