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Lunes , 18.06.2018 / 21:14 Hoy

De paso

La batalla de Nochixtlán

José Luis Reyna

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Los acontecimientos, aún pendientes de aclarar, que tuvieron lugar el 19 de junio en Nochixtlán, replantearon la relación entre la CNTE y el gobierno federal. El enfrentamiento ocurrido en esa localidad, dejó ocho muertos y alrededor de 150 heridos. El conflicto se bañó de sangre y, a la par, modificó la postura gubernamental: fue aceptada una mesa de diálogo en la Secretaría de Gobernación con la disidencia magisterial. Hasta ahora, sin embargo, no se ha logrado un resultado significativo. La exigencia de la CNTE fue atendida y, pese a ello, su actitud beligerante no ha cesado. Por el contrario, ante el ultimátum de esa secretaría que "el tiempo se ha agotado", la respuesta ha sido mantener el caos en el sur del país. El conflicto magisterial se volvió político y con visos de escalar otras latitudes de la nación. La batalla de Nochixtlán empezó.

El saldo rojo mencionado, de acuerdo con un reportaje del New York Times (26/VI/16), operó a favor de los maestros y contra la autoridad gubernamental. La voz de una estudiante oaxaqueña de 15 años lo resume así: "Antes no apoyábamos a nadie. (Ahora) no podemos tolerar ninguna clase de represión del gobierno". Lo ocurrido el 19 de junio se mantiene en la penumbra. Todo empezó con un desalojo de manifestantes que terminó en tragedia. Se usaron armas de fuego, pero no hay explicación alguna que indique quién inició esa refriega. La Policía Federal sostiene que fue una emboscada. Que sus elementos iban sin armas de fuego. Que ese día había en el lugar gente ajena al mismo, lo que sugiere la presencia de infiltrados cuyo objetivo era azuzar (¿con qué motivo?) el incandescente conflicto entre los maestros y el gobierno. En la medida que no se ofrezca una sólida argumentación de los hechos, Nochixtlán es un obstáculo para llegar a una necesaria negociación entre las partes involucradas.

La CNTE ha puesto a Oaxaca y a Chiapas al borde del colapso. La intransigencia alcanza límites insospechados. Su bandera de lucha es abrogar la reforma educativa y el planteamiento que la respalda tiene como base (hay que reconocerlo) el despliegue organizado de su intolerancia. Sin embargo, la intransigencia también se ha dado desde el gobierno federal, que dejó madurar el conflicto (un año sin diálogo) bajo la premisa de que la reforma no es negociable. El conflicto escaló y ha puesto en jaque al sistema político.

El gobierno federal no echará para atrás una de las reformas más cacareadas de la actual administración presidencial. Los maestros disidentes no aceptarán nada excepto la abrogación de esa iniciativa. Ante esta polarización podría esperarse un clima político enrarecido y un conflicto de consecuencias insospechadas. Un dilema que, en los críticos tiempos actuales, el país no puede asumir por sus altos costos. La represión no puede ejercerse. El costo de su uso sería muy alto para una administración presidencial prematuramente desgastada. El monopolio político y legítimo de la fuerza está erosionado. Sin embargo, la situación de "guerra" impuesto por las intransigencias no puede continuar. Estamos ante una batalla que tiene un alto grado de complejidad. Con espacios mínimos de maniobra para la autoridad, los que tienen que ser bien aquilatados. La batalla de Nochixtlán recién empieza. El desenlace de esa batalla es de pronóstico reservado. Pese a ello, el diálogo sigue siendo el camino más razonable.

jreyna@colmex.mx

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