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De paso

Esclavismo en México

José Luis Reyna

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El esclavismo era una práctica normal en los tiempos de la Nueva España: cuando el hacendado disponía del destino de los conquistados (los indios) para hacer el trabajo rudo en su beneficio. Hernán Cortés sostuvo que la encomienda, ese conjunto de indios cedido a un esclavizador español, “era una forma de recompensar sus esfuerzos desplegados”. Fue un instrumento para hacerse no de un conjunto étnico, sino de un país: el nuestro. No importaba cómo se les tratase; importaba lo que producían. El objetivo era la ganancia cuantiosa por la vía de la explotación laboral: esa es la ecuación encomendera. El tiempo se la llevó en su forma original pero no en su esencia estructural: ahí está el caso del Valle de San Quintín, en Baja California, que reproduce el modelo encomendero con esmero. Una vergüenza para este país.

Hace casi un año, Laura Sánchez (El Universal, 2/VI/14), narró la explotación de personas vulnerables ante la pasividad de la autoridad estatal y federal. Las condiciones de trabajo son inenarrables: jornadas de 12 horas (o más) para ganar 110 pesos por un esfuerzo devastador. Sin vivienda, excepto que por ésta se piense en un techo de cartón, sin servicios médicos, sin protección contra los pesticidas usados, etcétera. La mayoría de los trabajadores viene de estados donde la pobreza lacera a fondo: no es fortuito que muchos de ellos sean de Oaxaca, que no hablan español.

San Quintín, uno de tantos lugares esclavistas, está al sur de una de las más bellas y prósperas ciudades de este país: Ensenada. En esa zona hay 20 campos de cultivo que producen jitomate, fresa y pepino, productos de gran demanda nacional e internacional. Las ganancias suelen ser cuantiosas porque los salarios son paupérrimos.

Las condiciones infrahumanas en las que viven los trabajadores, de repente, se volvió protesta. Los miles que estaban sometidos se negaron a aceptar las condiciones que les impusieron desde siempre. Habrá que investigar cual es la razón, aunque una simple presunción permitiría decir que el trato infrahumano tiene un límite: comida escasa, vivienda provisional, enfermedades sin tratamiento, trabajo exhaustivo por casi nada: las encomiendas, las tiendas de raya del porfiriato son los antecedentes de esta explotación “moderna” para asegurar la ganancia de los pudientes, de los empresarios cuyo actuar está al margen de la ley.

El conflicto entre explotados y explotadores llegó a la Secretaría de Trabajo y Previsión Social. Sus funcionarios “descubrieron” que muchas irregularidades existían en los campos de cultivo de la entidad bajacaliforniana. Se ha establecido una mesa de negociación en la que los dueños de las parcelas han ofrecido un aumento de 6 pesos diarios al mísero salario que pagan. Ya la subieron a 15. Los jornaleros exigen 300. No se ha discutido el trabajo de los menores de edad que eran pagados con centavos por cubetas de verdura recolectadas. San Quintín no es un caso aislado. Hay otros semejantes que reproducen la esclavitud de antaño. Es una vergüenza que ante los ojos de la autoridad, algunos lucren con la pobreza y la necesidad de tanta gente. El gobernador panista de la entidad norteña (Kiko) ya anunció que es imposible satisfacer las peticiones de los jornaleros. Ojalá, si este país “se mueve”, haga el intento de erradicar un problema que se creía abolido: la esclavitud en los tiempos actuales. Que se haga válido el derecho de la mayoría y no la defensa de unos cuantos.

jreyna@colmex.mx

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