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Martes , 16.10.2018 / 01:31 Hoy

De paso

Ahora queremos ser franceses

José Luis Reyna

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El señor Macron ganó las elecciones presidenciales francesas; sin duda, motivo de regocijo. Se impuso a una postura extremista-populista-demagógica (Le Pen). Su triunfo se explica fundamentalmente por la existencia de una ciudadanía pensante, a pesar de que alrededor de 10 millones de electores (uno de cada tres votantes) sufragaron por el extremismo: un indicador del descontento con el sistema imperante.

Macron obtuvo cerca de 20 millones de votos (dos tercios del total), lo que le garantizará la legitimidad de su mandato. Todavía están pendientes, sin embargo, las elecciones legislativas (el próximo mes) que serán definitivas para evaluar el equilibrio político y la división de poderes, pilares de la política francesa. Le Pen y su base política pueden ungir a muchos legisladores (actualmente solo hay dos en la Asamblea Nacional). Macron tendrá una oposición robusta, lo normal dentro de un sistema democrático y sofisticado.

La lección electoral francesa sugiere que hay un hartazgo de los franceses por su régimen político y por su sistema de partidos. Una situación que, por cierto, tiende a generalizarse en otras latitudes. La política tradicional (los partidos de siempre, los mismos políticos, las promesas incumplidas, etcétera) está colapsándose. Es la misma situación por la que nuestro país atraviesa, con la diferencia de que en Francia las instituciones funcionan, en contraste con las nuestras que, en general, son débiles, espurias e ineficaces. Macron, un político forjado en el sistema “tradicional” francés se apartó de él, pero no fue en su contra. Jugó con las reglas establecidas. Una jugada maestra. No es Trump que ganando el voto electoral y perdiendo el voto popular quiere rehacer su país, sin necesidad alguna de hacerlo. La democracia estadunidense, una de las democracias más sólidas del mundo, recayó en un solo hombre que, en el trascurso del tiempo, será derrotado por su propio extremismo y su sobrado autoritarismo. Cuestión de tiempo.

Francia y Macron aportan un hecho inédito para las democracias consolidadas y las que están en ciernes: un político sin partido formal estructurará su régimen bajo las reglas establecidas por el sistema. Su elección, a diferencia de Trump, no será desestabilizadora del globo, sino aportará un ingrediente fundamental para su cohesión: no a la desintegración continental, si al libre comercio y si a la inmigración, con sus reglas correspondientes.

Por ahora, Francia y Macron están en la boca de todos. México no podría ser la excepción. Hay que buscar, con la lámpara de Diógenes, al Macron mexicano. Aquel que nos conduzca a salir del profundo bache en que nos encontramos. Algunos ya lo han encontrado; otros están en su búsqueda. Ojalá se le halle. Es probable que sería una solución para deshacernos de nuestro deleznable sistema de partidos que, junto con su clase política, hiede a podrido. Hoy más que en ningún momento previo de nuestra historia política, existen las condiciones para redefinir un sistema político viciado e inoperante. Ahora queremos ser franceses. Como utopía habrá que asirse a ella.

jreyna@colmex.mx

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