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El Santo Oficio

Universidades y becas

José Luis Martínez S.

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El cartujo se atrinchera en el monasterio. No desea salir, quiere alejarse un momento del ruido y las maledicencias y abrazar la vida contemplativa. Piensa en las palabras de José Manuel Caballero Bonald: “Me indigna lo que ocurre por ahí afuera. Hay mucho gregario, mucho sumiso, mucho patriota, mucho tentetieso”, y reafirma su voluntad de aislarse. Entrevistado por Juan Cruz para el periódico El País, el autor de Ágata ojo de gato cuenta cómo transcurren sus horas: “Me paso el día a la sombra de un árbol viendo pasar el tiempo, oyendo música de cámara, jazz, flamenco. Eso es todo lo que hago”. Y eso quisiera hacer el monje en su cada vez más cercana jubilación, cuando de verdad se vaya para no volver.

Mientras tanto, sentado bajo un pirú en una tarde nublada, repasa la decisión de Andrés Manuel López Obrador de becar a todos los preparatorianos y universitarios de escasos recursos. Sin importar si son buenos o malos estudiantes, durante su gobierno cada uno de ellos recibirá 2 mil 400 pesos mensuales, con los cuales se pretende evitar su deserción de la escuela y blindarlos contra las tentaciones de la delincuencia organizada.

Como además AMLO creará nuevas universidades y ningún aspirante será rechazado, México será un paraíso de becarios, como lo es para tantos escritores y artistas incapaces de sobrevivir sin la generosidad del Estado. La educación superior acrecentará su matrícula y, seguramente, disminuirá aún más su calidad.

Sería insensato no ayudarle económicamente a quien lo requiera para continuar sus estudios, como lo es dar dinero sin pedir algo a cambio: la asistencia a clases, una calificación mínima para conservar o incluso incrementar la beca, algún proyecto viable… La educación superior debe ser rigurosa, de lo contrario no sirve para nada, excepto para fomentar el rencor social.

En su excelente artículo “Futuro de la universidad”, publicado en Reforma el 28 de septiembre de 2014, Gabriel Zaid cuenta el origen de esta institución, nacida en el medievo, y cómo se fue transformando hasta adquirir el monopolio de la credencialización de las profesiones. Los primeros universitarios —dice— eran de clase alta y no necesitaban ningún documento para ascender en la escala social. “Pero las credenciales dieron la oportunidad de subir a los hijos de la clase media, y eso creó una demanda incontenible, que requería administración, mucha administración. En el siglo XX, las universidades se burocratizaron, como casi todo en el planeta. Hoy son instituciones buscadas, ante todo, por las credenciales que otorgan.

“El negocio va mal, por razones económicas y tecnológicas. Cuando millones tienen credenciales para subir, la ventaja se devalúa: abundan los universitarios desempleados o con empleos de poca paga y prestigio”.

Existen universitarios titulados manejando taxis, vendiendo piratería, de recepcionistas en tiendas y almacenes, o haciendo antesalas eternas con la ilusión de ser tomados en cuenta en alguna empresa; en el gobierno, por lo pronto, las puertas se cerrarán con tres candados de acuerdo con el plan de austeridad de la nueva administración.

Los aprendices

Entre los programas de AMLO para los jóvenes, al trapense le agrada el de la vinculación de los muchachos con las empresas, donde se les contratará como aprendices pagados con fondos públicos. Los empresarios tendrán la obligación de dar a los jóvenes, quienes además estudiarán en una institución pública, un espacio y un tutor para transmitirles sus conocimientos. Al terminar su periodo de formación, de acuerdo con Juan Pablo Castañón, presidente del Consejo Coordinador Empresarial, podrán “continuar en la empresa donde fueron aprendices, o bien salir con un certificado de competencias laborales”.

El trato es bueno y todos ganan, sobre todo si las empresas lo respetan y brindan a los jóvenes la mejor capacitación posible, con buenos tutores y buenas condiciones de trabajo; si los jóvenes lo aprovechan y además de 3 mil 600 pesos mensuales obtienen experiencia laboral; si el gobierno en realidad pretende disminuir el desempleo, mejorar la vida de los jóvenes y evitarles la tentación del mundo criminal, y no solo crear clientelas políticas.

Este programa es muy diferente al de regalar dinero a cambio de nada. En el artículo citado, Zaid comenta la necesidad de “No ver la educación como una etapa previa a los años de trabajo, sino paralela y de toda la vida. Flexibilizar contenidos y calendarios en los planes de estudio para combinar educación y trabajo. Entrenar para el autodidactismo, y en particular: enseñar a leer libros completos, a resumirlos por escrito y discutirlos”. Ese sería el mejor resultado de un proyecto inacabado, en especial cuando no se cuenta con una idea acertada de la función de la universidad.

Un ejemplo de terror

El 26 de abril de 2001 se creó la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, bajo el gobierno de López Obrador en el entonces Distrito Federal. Es una universidad a la cual los alumnos ingresan por sorteo y donde los problemas se acumulan. Entre ellos: en infraestructura: falta de un edificio para la biblioteca; laboratorios con goteras o, peor aún, sin funcionar. En el alumnado: elevado ausentismo, alta deserción, titulación escasa. En el profesorado: falta de estímulos al desempeño académico, el salario es igual para todos, sin importar si se tiene grado de doctor o apenas certificado de bachillerato, si se dirigen tesis o se publican artículos en revistas especializadas… En fin, ¿cuántas universidades se van a crear el próximo sexenio? ¿Iguales a la UACM?

Queridos cinco lectores, desde la melancolía, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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