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El Santo Oficio

Una virtud moral

José Luis Martínez S.

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En un balcón, frente al mar, el cartujo piensa en la muerte de Amos Oz, uno de los grandes escritores e intelectuales contemporáneos, una voz imprescindible en la lucha contra el fanatismo, en la defensa de la vida, en la comprensión de la justicia. Fue un hombre valiente, no tuvo miedo de enfrentarse a quienes —con frecuencia desde el poder— promueven la intolerancia y el odio, la división social, el pensamiento uniforme.

De niño, fue llamado traidor. Educado en la escuela del fanatismo, un día se hizo amigo de quien no debía, alguien considerado enemigo de los judíos, y eso le valió el atroz calificativo. Muchas otras veces volverían a llamarlo traidor, pero eso no hizo sino fortalecer su independencia y la voluntad de ponerse, siempre, en la piel del otro (de los palestinos, por ejemplo). En su libro Contra el fanatismo, escribe: “traidor, a los ojos del fanático, es cualquiera que cambia. Y es dura la elección entre convertirse en un fanático o convertirse en un traidor”.

En el mismo libro recuerda una escena de La vida de Brian, la película de los Monty Python, en la cual el guía pregunta a sus numerosos seguidores: “¿Todos son individuos?” Ellos responden a gritos: “¡Todos somos individuos!” La ruidosa armonía, sin embargo, se rompe cuando alguien dice tímidamente: “Yo no”. La multitud lo mira enfurecida y lo hace callar. Eso sucede en las plazas con las votaciones a mano alzada, en las cuales nadie se atreve a contradecir las ideas o las opiniones del líder, tenga o no razón; donde la masa aplasta la mínima disidencia y todo trasluce conformidad y uniformidad, características éstas de un fanatismo moderado pero persistente, según el autor de Una pantera en el sótano.

Amos Oz nos previene contra “el culto a la personalidad, la idealización de líderes políticos o religiosos, la adoración de individuos seductores”, formas constantes de fanatismo en nuestros días. En una entrevista con Mikel Ayestaran para el diario español ABC, dice: “Stalin y Hitler nos dejaron un regalo en forma de trauma. Durante 50 años el mundo ha tenido miedo al fanatismo y a las fórmulas sencillas, pero este regalo ha expirado. Las nuevas generaciones no tienen ideas claras sobre Hitler, Stalin, Franco o Mussolini y quieren respuestas de una frase para todo, no más de 140 caracteres. Esto viene acompañado del crecimiento de un liderazgo político populista, que es otra de las tragedias de nuestro tiempo”.

Desacuerdo con Dios

En una conversación con José Gordon para Canal 22, publicada en su versión impresa en la Revista de la Universidad de México, Amos Oz, quien siendo un joven de 21 años, sin importarle la opinión adversa de sus compañeros de kibutz, se atrevió a rebatir públicamente una afirmación sobre Spinoza de David Ben Gurion, primer ministro israelí, a quien admiraba como político e intelectual, habla de la justicia y del respeto a la ley (no de la simulación de quien dice respetarla y la transgrede a cada momento confiado en la complicidad de sus subalternos en el Poder Legislativo y en la condescendencia de sus fanáticos, de su pueblo). “El sentido de la justicia es lo que hace que Abraham en la historia sobre el destino de la pecadora ciudad de Sodoma esté en desacuerdo con Dios —dice el escritor—. Primero negocia con Dios como un astuto vendedor de carros de segunda mano: 50 hombres justos, tal vez 40 hombres justos, 30, 20 tal vez 10. Cuando pierde el debate, no cae de rodillas y pide perdón por el atrevimiento de haber discutido con Dios, no, gira los ojos hacia el cielo y dice: ‘¿Puede el juez de la toda la Tierra no hacer justicia?’ Esto quiere decir que tal vez tú seas Dios, el señor del universo, pero no estás por encima de la ley, podrás ser el legislador pero aun así no estás por encima de la ley, podrás ser el ejecutivo principal del universo pero aun así no estás por encima de la ley. La ley está por encima de ti”. Esto debería ser un credo para todos, incluidos, por supuesto, los políticos: la ley por encima de todos, pero no una ley a modo, cambiada alevosamente a conveniencia del gobernante o su partido.

Antídotos contra el fanatismo

Autor de libros tan hermosos y profundos como Los judíos y las palabras, La historia comienza o Queridos fanáticos, en el ensayo “Esperando a los bárbaros” Amos Oz vuelve a sus temas habituales, el fanatismo, las diversas manifestaciones del mal, el papel del arte y la literatura en una sociedad cada vez más compleja. Habla de su trabajo, impulsado por una curiosidad surgida en la niñez. Dice: “Casi todos los niños son curiosos, pero pocas personas conservan esa curiosidad en la edad adulta y la vejez”.

La curiosidad —afirma— es indispensable para el trabajo intelectual o científico. Pero también —agrega— es una virtud moral: “Una persona curiosa es ligeramente una mejor persona, un mejor compañero, un mejor padre, un mejor vecino y colega que una persona no curiosa. También es un mejor amante”.

La curiosidad y el humor —dice Amos Oz— “son los dos antídotos principales para el fanatismo. Los fanáticos no tienen sentido del humor, y rara vez son curiosos. Porque el humor mina el fanatismo y la curiosidad lo asalta introduciendo el riesgo de la aventura, cuestionando y descubriendo respuestas incorrectas”.

Queridos cinco lectores, con la zozobra de todos los días, El Santo Oficio les desea un feliz 2019 y los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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