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Sábado , 26.05.2018 / 13:11 Hoy

El Santo Oficio

Una mujer desaparece

José Luis Martínez S.

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El cartujo llega, con el corazón revuelto, a la última página de la novela Lobo (Almadía, 2017), de Bibiana Camacho. Con personajes comunes y hechos a primera vista intrascendentes, aborda la desaparición de personas en un país de autoridades tan ineficaces como insensibles al dolor ajeno, creando una atmósfera —como diría Roberto Pliego— donde la realidad se convierte en pesadilla.

En una entrevista con Irma Gallo, Bibiana refiere su interés por las desapariciones de gente anónima, sin relación con el crimen organizado. A veces —señala— sus rostros, borrosos, se exhiben en hojas pegadas en las estaciones del Metro o en las centrales de autobuses; en su prisa, pocos los ven, aunque sus parientes y amigos siempre esperan lo contrario.

En un pasaje de la novela, un padre habla de su hijo desaparecido en Ciudad de México; nadie sabe el motivo y él vive el infierno de la impotencia. “Aquí nadie te ayuda —comenta—, la policía ni se inmuta”. Pero no solo eso, un agente judicial intenta cobrarle para agilizar las investigaciones y otro hace comentarios burlones sobre la condición gay de su hijo: “seguro tuvo un pleito con su noviecito”, le dice.

Pregunta sin respuesta

Ojalá la historia de Bibiana Camacho fuera pura ficción, piensa el monje al escuchar a Karla Patiño. La conoció hace dos años y volvió a platicar con ella el pasado jueves. Durante este tiempo, con sus dos hermanos y su padre, ha estado buscando a su mamá —Ana María Velázquez—, desaparecida el jueves 30 de abril de 2015.

La promesa de un trabajo como empleada doméstica —en Topilejo, en la delegación Tlalpan— la hizo salir de su casa, en el sur de la ciudad. Eran las dos y media de la tarde. Desde entonces, nadie ha vuelto a saber de ella. Tiene 48 años.

Karla, casada, recibió la llamada de uno de sus hermanos alrededor de las nueve de la mañana del viernes: “Mi mamá no llegó a dormir”, le avisó. Comenzó a comunicarse con familiares, amigos, vecinos, ninguno supo darle razón de ella. Llamó a Locatel para hacer la denuncia correspondiente, le dieron un número de folio y la enviaron al Centro de Apoyo a Personas Extraviadas y Ausentes (Capea). Pero era 1 de mayo, día festivo: nadie podía atenderla. “Me dijeron que, como era puente, debería volver el martes 5”, recuerda.

Estaba desesperada. Fue a Derechos Humanos de Ciudad de México a poner una queja contra Capea, a donde regresó el martes. Le tomaron su declaración, enviaron oficios a delegaciones, hospitales, al Semefo. Eso fue todo.

Lo mismo sucedió en la Fiscalía Especial para los Delitos de Violencia contra las Mujeres y Trata de Personas (Fevimtra). “Vamos a seguir una línea de investigación”, le dijeron, pidiéndole esperar uno o dos meses para notificarle si había resultados. Otra vez, nada.

Al acordarse de aquellos primeros días, respondiendo una y otra vez las mismas preguntas, sufriendo la insensibilidad y el desgano de funcionarios, comenta: “Sientes angustia, coraje, te dan ganas de mentarles hasta lo que no. A veces, sarcásticamente te dicen: ‘A lo mejor se fue con alguien’, o cualquier otra cosa que te mata, que te va destrozando poco a poco”.

Karla, como tantos otros familiares de desaparecidos, no ha cesado en su búsqueda y cada día, al pensar en su mamá, se pregunta: “¿Dónde está?”

Día de las Madres

El 10 de mayo, con sus hijos, Karla asistió a la marcha de madres y familiares de desaparecidos realizada en Ciudad de México —hubo otras en Morelos, Veracruz, Michoacán, Nuevo León, Chihuahua y Querétaro—. Todos exigían lo mismo: el regreso de sus seres queridos.

Lo hizo por segunda vez, como una manera de sentirse acompañada en un país donde, según cifras oficiales, existen más de 30 mil desaparecidos. “Siento que no estoy sola —dice—, hay mucha gente que pasa por lo mismo y te apoya. Hay quienes ya encontraron a sus familiares, en ocasiones muertos, pero continúan apoyando a los demás. Es triste también ver caras nuevas, saber que cada día aumenta el número de desaparecidos en México”.

El cofrade la escucha hablar de solidaridad y piensa en Miriam Rodríguez, una de más respetadas activistas en la búsqueda de desaparecidos, asesinada —ejecutada en el lenguaje de estos tiempos— la noche del 10 de mayo en su domicilio, en San Fernando, Tamaulipas.

Sin respaldo institucional, Miriam buscó a su hija Karen Alejandra Salinas, secuestrada en 2012. Dos años después —precisa una nota en La Jornada— encontró sus restos en una fosa clandestina y reunió las suficientes evidencias para mandar a la cárcel a los plagiarios. En vez de volver a sus anteriores actividades, siguió trabajando con familiares de otros desaparecidos. Ahora está muerta. Fue masacrada en su propia casa el Día de las Madres.

Karla no pierde la esperanza de encontrar a Ana María. Ella y sus hermanos reparten volantes en paradas de camiones, en centrales de autobuses; los pegan en algunas estaciones del Metro. A veces su papá, chofer de taxi, sube a Topilejo en busca de algún indicio de su esposa. “Sé que la vamos a encontrar”, dice convencida. “Tal vez sin vida, pero la vamos a encontrar”.

La experiencia —afirma— la ha vuelto más fuerte y ha unido a su familia. De repente se siente frustrada ante la falta de resultados; sin embargo, reflexiona: “Las autoridades han de pensar que con el tiempo vamos a olvidar, se equivocan: no se nos olvida, no queremos olvidar”.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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