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Martes , 16.10.2018 / 11:10 Hoy

El Santo Oficio

Sobre una fotografía de Ricardo Salazar

José Luis Martínez S.

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El cartujo ve publicada en todas partes la fotografía de José Emilio Pacheco, Sergio Pitol y Carlos Monsiváis jóvenes, sonrientes, sentados en el piso, recargados en un librero sobre el cual se leen las últimas líneas de un anuncio: “La Gran Biblioteca Moderna de Temas Enciclopédicos”. Parecen escritas para ellos, para esa extraordinaria “generación de tres” como la llamó Pitol, quien murió el pasado jueves en la ciudad de Xalapa.

En el periódico El País atribuyen la imagen al arquitecto español, exiliado en México, Bernardo Giner de los Ríos (1888-1970). Tal vez en los archivos de éste se encuentre una copia, pero no es, definitivamente, su autor.

La Jornada la publicó con la leyenda “Archivo de Sergio Pitol”. En otros medios y en internet ni siquiera eso.

La foto es de Ricardo Salazar y forma parte de una serie tomada el lunes 26 de enero de 1959 en el desaparecido edificio del Fondo de Cultura Económica, en avenida Universidad. Nadie, ni sus protagonistas, la recordaban cuando el 3 de diciembre de 2005 apareció en la portada del número 129 del suplemento Laberinto, dedicada al autor de El arte de la fuga por haber obtenido el Premio Cervantes.

En las páginas centrales del suplemento, acompañando un fragmento de la entonces inconseguible Autobiografía precoz de Pitol, se publicó otra foto de la serie en la cual Monsiváis sostiene un libro en la mano derecha y con la izquierda se toca la cabeza. Quizá lee o comenta algo porque sus amigos lo observan con atención.

El trapense tuvo entre sus manos los negativos de esas fotos; se los dio el propio Ricardo, a quien apodaban El Papión. Estaban en un sobre donde había escrito la fecha y el lugar de la sesión. Con frecuencia sucedía lo mismo con él cuando se le pedían fotografías, entregaba los negativos, sin ninguna desconfianza y sin advertir el peligro de perder imágenes irrepetibles de los protagonistas y acontecimientos de la cultura mexicana, sobre todo de los años 50, 60 y 70.

El artista olvidado

El 29 de noviembre de 2003, Laberinto le hizo un homenaje al gran fotógrafo, olvidado por las autoridades culturales. Participaron José de la Colina, Emmanuel Carballo, Javier García-Galiano y Huberto Batis; Alejandro Alvarado lo entrevistó sobre su carrera y sus amigos, entre ellos Juan Rulfo, Efraín Huerta, Jesús Arellano y José Revueltas.

Originario de Guadalajara, Ricardo Salazar llegó a Ciudad de México en 1953; su paisano Emmanuel Carballo lo invitó a trabajar en la Revista de la Universidad de México y desde entonces comenzó a retratar escritores.

“Cuando yo comencé a hacer mis Protagonistas de la literatura mexicana —escribió Carballo en Laberinto—, le encargué fotografías de los integrantes del Ateneo de la Juventud, después de los Contemporáneos, de los novelistas de la Revolución, de Arreola y Rulfo (…) y por último de la generación de los años treinta: Pacheco, Monsiváis, Melo, García Ponce, De la Colina, Pitol”.

Un día, escribió por su parte José de la Colina, “cuando comience a hacerse (y deberá hacerse) la monumental Crónica Iconográfica de la vidita cultural mexicana en el siglo XX, se descubrirá en toda su amplitud y riqueza la aportación del todavía no bastante conocido ni reconocido Ricardo Salazar”.

Ricardo colaboró también con Fernando Benítez en México en la Cultura y con Arreola en La Casa del Lago. Batis lo recuerda como su colaborador en sábado: “Le pedías determinadas fotografías de escritores y te traía un montón extra y te las dejaba ‘para cuando se ofrecieran’, insistiendo siempre en que algún día’ le pagáramos sus derechos. Nadie le pagaba o, si lo hacía, se le daba una miseria”.

Los últimos días

En octubre de 2004, en el vestíbulo de la Sala Miguel Covarrubias del Centro Cultural Universitario de la UNAM, se llevó a cabo la última exposición fotográfica de Ricardo Salazar. Fue resultado del entusiasmo y el trabajo de Claudia Cabrera, Julieta Rivas y Angélica García, quienes en vano gestionaron la beca del Fonca para limpiar y catalogar el archivo ahora, por fortuna, bajo resguardo de la Universidad.

Ricardo vivía modestamente en una unidad habitacional del Infonavit. Ahí, en cajas de cartón, guardaba sus fotografías. Vivía con su hijo Ricardo Iván y en ocasiones recibía la visita de su hija María Ondina, quien radica en Cancún. Estaba enfermo, tenía diabetes y las secuelas de una embolia lo ataban a una silla de ruedas. Murió el sábado 29 de abril de 2006 de un infarto cerebral. Tenía 84 años.

Ninguna autoridad cultural se hizo presente en su velorio ni lamentó su muerte de alguna otra manera. En MILENIO Diario, el amanuense escribió: “No hubo siquiera una esquela, seguramente por ignorancia. Pero Ricardo Salazar es uno de los personajes de nuestra cultura a quien el tiempo le dará un lugar notable en tanto cubrirá de olvido a las insensibles y estúpidas autoridades, para las cuales siempre pasó inadvertido. A pesar de su enfermedad y precarias condiciones de vida, nunca lo ayudaron con una beca y a su muerte no le dedicaron ni un pequeño aviso en el periódico”.

En su velorio estuvieron Ricardo Iván, Ondina y unos pocos vecinos. Sus cenizas se depositaron en una urna de la Basílica de Guadalupe, ahí el monje abrazó por última vez a los hijos del gran Ricardo Salazar, cuyo trabajo merece ser reconocido y no atribuido a otros autores o condenado al anonimato.

Queridos cinco lectores, con tristeza por la ausencia de Sergio Pitol y Joy Laville, dos artistas cercanos a su corazón, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor con ustedes. Amén.


José Emilio Pacheco, Sergio Pitol y Carlos Monsiváis.

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