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El Santo Oficio

Reminiscencias y dilemas

José Luis Martínez S.

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La fecha fatal del 1 de julio se acerca y el cartujo se estremece. Las cuentas del rosario se deslizan entre sus dedos temblorosos, mientras eleva sus oraciones por un futuro sin el veneno de la desilusión. No cree en ninguno de los candidatos a la Presidencia de la República, años de frustraciones y desencanto lo han vuelto inmune a las promesas de los políticos en campaña; sin embargo, ruega por un buen gobernante para México.

En su anterior homilía expresó su desconfianza en la selección mexicana de futbol y en los candidatos presidenciales. Manifestó también el deseo de estar equivocado. Dijo: “Quisiera ver triunfar a la selección y después de las elecciones descubrir a un político sin miedo, sin rencores, con talento para encarar los problemas del país”. No encontraba en ese momento señales para el mínimo optimismo, pero la selección le ha devuelto la sonrisa y los sueños. Ojalá suceda lo mismo con el próximo presidente, quien —deberá ser consciente de ello— gobernará para todos y no solo para sus partidarios.

La borrachera del futbol

Con la matraca en una mano y la bandera nacional en la otra, después de los triunfos sobre Alemania y Corea, el envalentonado monje imagina el paso arrollador de los mexicanos hasta la gran final y la canonización de Juan Carlos Osorio en la Catedral Metropolitana. De pronto, se detiene y guarda compostura. Recuerda las palabras de Francisco Martínez de la Vega, uno de los grandes periodistas mexicanos del siglo XX, quien antes de dedicarse al comentario político escribió en El Nacional memorables crónicas de futbol con el sobrenombre de Pioquinto.

En el apogeo de la Guerra Civil Española, en 1937 el Barcelona y la selección vasca visitaron México, como parte de una gira en nombre de la República. En agosto, la selección mexicana goleó 5-2 a la escuadra azulgrana. Todos los periódicos y todos los cronistas echaron las campanas al vuelo. La afición estaba enfebrecida y los futbolistas —con razón— orgullosos de su hazaña: habían humillado a uno de los equipos más poderosos de la época.

Pioquinto relató el encuentro, destacó la potencia de la artillería mexicana, celebró el triunfo y advirtió: “No es conveniente que los humos y la satisfacción de la victoria se nos suban a la cabeza. Mala borrachera es la del futbol, hemos dicho otras veces, y será juicioso recordarlo ahora”.

Unos meses después llegó la selección vasca para enfrentarse al equipo nacional. Jugaron el 28 de noviembre en el Parque Asturias. La derrota fue para México con un marcador de 4-1. Pioquinto consignó el desencanto, pero no se unió a quienes exageraban las virtudes del contrario para justificar la caída.

El rigor, la claridad y la mesura fueron cualidades de este incomparable cronista. Alguien así se extraña en estos días de furor mundialista cuando tantos sucumben —sucumbimos— a la grandiosa borrachera del futbol. ¡Salud!

Del sueño a la pesadilla

En su larga vida, el amanuense ha visto una y otra vez el derrumbe de ídolos. En la adolescencia, en las desconchadas paredes de su cuarto estaban las imágenes sagradas del Che, Fidel, Mao, Lenin… Creía en la URSS, en China, en la Revolución cubana. En los 70 y 80 se apasionó con el sandinismo.

En 1982, cuando Edén Pastora, llamado El Comandante Cero, lideró la contrarrevolución, sintió ganas de llorar, se desgarró las vestiduras y maldijo su nombre hasta la séptima generación y más lejos si es posible.

En septiembre de ese año, escribió: “Considerado uno de los guerrilleros más carismáticos de la Revolución nicaragüense, Cero abandonó su país hace 15 meses en busca del olor a pólvora, como internacionalista inspirado por el Che Guevara. Pero, sorpresivamente, el 15 de abril, desde San José de Costa Rica, hizo un llamado a la insurrección popular de los nicaragüenses porque, según él, los dirigentes del Frente Sandinista de Liberación Popular han sufrido peligrosas desviaciones y en la actualidad viven en lujosas residencias y viajan en suntuosos automóviles, igual como lo hacían los funcionarios y burgueses del somocismo”.

Cero se volvió paradigma de Judas, se puso “a las órdenes del imperialismo” para enfrentarse a su pueblo. Vehemente, el novicio escribía en aquellos días: “Ante las retiradas bravatas y amenazas de invasión que viene repitiendo Edén Pastora desde hace meses, centenares de miles de hombres, mujeres y jóvenes —algunos casi niños— lo esperan para la confrontación en la que se decidirá de una vez por todas la suerte de una lucha revolucionaria que ya tiene hondas raíces históricas”.

No podía imaginar entonces el rumbo de la Revolución y sus dirigentes, el futuro de Daniel Ortega como represor, traidor y corrupto, como lo han señalado los medios internacionales y ex compañeros como Sergio Ramírez, Ernesto Cardenal, Dora María Téllez y Hugo Torres, quien dice: “Ortega es más que un émulo de Somoza. Ortega es una dictadura somocista corregida y aumentada. En algunos aspectos Ortega es peor que Somoza porque la concentración de poder que logró Ortega en estos años nunca la tuvo el somocismo”.

La paz, la democracia, el bienestar del pueblo, el pluralismo, todo eso ha desaparecido de la vida de los nicaragüenses, quienes un día escucharon el canto de sirenas del populismo. Como el cartujo en su cada vez más lejana juventud, cuando creía en los milagros de la Revolución y en la santidad de sus líderes.

Queridos cinco lectores, El Señor esté con ustedes. Amén.

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