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El Santo Oficio

Por la calle de la amargura

José Luis Martínez S.

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Con el amanecer, el cartujo termina la última página de Paseos por la calle de la amargura. Y otros rumbos mexicanos (Debate, 2018), de Guillermo Sheridan. Es una reunión de textos de “asuntos políticos y sociales” publicados —como advierte el autor— a lo largo del siglo en la revista Letras Libres y el periódico El Universal. Es una panorámica de nuestro presente pero también una mirada al pasado, sobre todo a través de la correspondencia entre Octavio Paz y Carlos Fuentes en torno a la política y la cultura en México, donde tantos intelectuales han sido sumisos ante el poder o incluso cómplices o delatores, como lo fueron Martín Luis Guzmán, Salvador Novo y Elena Garro en 1968.

La imbecilidad con fuero

Paseos por la calle de la amargura es, entre otras cosas, un elogio a la diatriba, una lección sobre el arte de insultar, tan menguado en estos días de políticos intelectualmente famélicos y faltos de imaginación. Es un libro donde el humor se convierte en arma contra la demagogia y la desmemoria de tantos aspirantes al poder, de sus aduladores y fanáticos.

El primer texto del volumen se llama “Diatriba contra candidatos” y comienza así: “Aborrezco a los políticos mexicanos: todos los días demuestran que la mentira es redituable, que el engaño es productivo, que el crimen sí paga, que la inmoralidad es impune y que la imbecilidad tiene fuero. De poseer una vergüenza proporcional a los desastres que organiza, la aristocrática casta de los políticos no se exhibiría con la impudicia con que lo hace. Y ahí están siempre, todo el tiempo, en bocinas, pantallas, primeras planas, pendones. Que se exhiban más mientras más yerran muestra que en la política a la mexicana desvergüenza es currículo”.

Entre los candidatos a la Presidencia de la República: ¿Andrés Manuel López Obrador recuerda su vergonzosa alianza con Norberto Rivera o la manera tan altanera como descalificó a quienes marcharon contra la violencia en la Ciudad de México durante su gobierno? ¿José Antonio Meade se hace responsable del fracaso de la política económica en sus días y años como secretario de Hacienda? ¿Ricardo Anaya admite su culpa en la crisis de Acción Nacional y su tendencia a la deslealtad? ¿Jaime Rodríguez Calderón…? Bueno, El Bronco es un triste payaso, un bufón, lamentablemente con boleto de regreso al gobierno de Nuevo León, donde a tantos avergüenza.

¿Y los demás políticos en campaña? ¿Quién lleva las cuentas de sus mentiras, de sus fracasos, de sus transas? ¿Quién podría con tamaña empresa?

Sin chiste y sin ingenio

Sheridan escribe: “La magnitud de la crisis de México es tal que hasta el arte de insultar se halla en decadencia. Uno de los recursos más ricos de la imaginación, y uno de los usos más creativos del lenguaje, subordina su poderío a las cinco notas de la monótona mentada de madre, ese coro multitudinario de claxons con que los mexicanos se dan los buenos días”.

En la actualidad, en nuestros políticos el insulto “ha dejado de ser una excepcionalidad del temperamento y se ha convertido en un hábito vacío de sentido, ruidos huraños, hediondos de bilis, sin chiste y sin ingenio”.

AMLO llama a Ricardo Anaya “Ricky Riquín canallín”. Anaya grita ante sus huestes: “Dicen que Meade es un candidato de acero, ¿saben por qué?, porque es un candidato de a cero votos, pues su campaña no levanta”. Meade ve a López Obrador como “un nini que anda suelto”. Los tres son patéticos.

En el Diccionario de la estupidez (Malpaso, 2018), Piergiorgio Odifreddi recuerda: “Winston Churchill decía que el mejor argumento contra la democracia son cinco minutos de conversación con un político o un elector, precisamente a causa de su estupidez”. Escuchando a los políticos mexicanos y a muchos de sus seguidores, es imposible no darle la razón a Churchill.

Cartas cruzadas

Uno de los apartados más interesantes y reveladores del libro de Guillermo Sheridan es “Las cartas entre Octavio Paz y Carlos Fuentes, de Tlatelolco a Echeverría”. Es la historia de una amistad, con sus altas y sus bajas; es una mirada lúcida, crítica, rotunda, sobre la realidad mexicana.

El 6 de marzo de 1968, Carlos Fuentes critica sin piedad a los escritores de su generación por aliarse en las páginas de la Gaceta del Fondo de Cultura Económica con la “gerontocracia que encarna lo peor del nacionalismo revolucionario”. Enfurecido le escribe a Paz sobre esos escritores de alrededor de 40 años ya instalados en las ubres del Estado:

“¿Se mueren de hambre? No lo creo; pero aunque fuese así, qué falta de güevos, Dios mío, qué necesidad de seguridad mamaria, qué falta de espina dorsal para lanzarse al mundo, pararse sobre sus dos patas, dar clases en el extranjero, trabajar en la Unesco o la BBC o lo que sea a fin de empezar a crear una tradición de independencia crítica sin la cual no podrá haber una auténtica clase intelectual en nuestro país”.

El 8 de octubre, después de renunciar a la embajada en India, Paz le escribe a Fuentes: “Pensaba continuar y terminar de una vez aquel libro sobre el erotismo y el amor (dos cosas distintas) pero los ritos sangrientos del Gran Sacerdote en la Plaza de Tlatelolco (¿no es terriblemente simbólico, mítico, todo esto?) cortaron mis divagaciones y me enfrentaron a la dura realidad […] ¿Qué será de nosotros? Porque, tienes razón, nos esperan días terribles y espléndidos —no a Carlos ni a Octavio, sino a los mexicanos. Si acabamos con el mito podremos respirar tranquilos e, incluso, morir tranquilos”.

El mito parecía parte del pasado, pero amenaza con volver… y recargado.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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