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Domingo , 09.12.2018 / 20:46 Hoy

El Santo Oficio

Nostalgia y presentimiento

José Luis Martínez S.

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El cartujo llora, de gusto, pesar y nostalgia, al leer la antología El consultorio de la Doctora Ilustración (Ph. D.), de Carlos Monsiváis. Publicada por la editorial Malpaso, con prólogo e ilustraciones de Rafael Barajas, El Fisgón, reúne textos sobre usos y costumbres de la cultura mexicana, sin evitar esporádicas incursiones a otros ámbitos y sucesos de la vida nacional, entre ellos el futbol.

Durante una década, entre abril de 1974 y febrero de 1984, en el suplemento La Cultura en México de la revista Siempre!, Monsiváis le dio vida a la Doctora Ilustración, consejera ineludible de poetas afligidos, narradores amargados, artistas resentidos, muchos de ellos sin obra pero con desmedido amor propio y los ojos siempre puestos en la posteridad —o ya de perdida en las becas, como, por cierto, sigue ocurriendo.

En uno de los textos, un poeta le escribe desesperado a la Doctora Ilustración; no quiere desperdiciar su talento en trabajos prosaicos, sino solo darle rienda suelta a su inspiración. Le dice: “¿No es la fatigosa búsqueda del sustento una afrenta al íntimo recurso de la bicicleta de la aurora? Les propongo un plan (al gobierno y al pueblo), jugoso como granada que estalla en el paladar; un poeta necesita de una sola atmósfera para crear: el oxígeno ambarino de las becas. ¡BECAS, becas, becas! En mis dedos crecen. ¡Milagro, mil becas florecen!”

Tantos años después, las becas siguen floreciendo, aunque no todos los poetas, escritores y artistas disfrutan sus beneficios. No hay derecho: ¡becas para el 100 por ciento los creadores, aunque no creen nada!

Solo un objeto sexual

En esta época de bendita corrección política, ¿quién entre todas las mujeres sueña con ser objeto sexual? Solo eso: un objeto sexual hecho para la pasarela y la tentación. Monsiváis imagina una mujer sin otra vocación, dispuesta a todo para convertirse en “una provocación ambulante”. Pero todo muda con el tiempo, los objetos sexuales pasan de moda y los hombres comienzan a interesarse en ella únicamente como ser humano. Por eso, despechada, le escribe a la Doctora Ilustración: “llego a una reunión y los galanes me sueltan el rollo de que no quieren verme como objeto sexual, que lo que les importa es mi interioridad, que mi alma debe ser muy bella, que me van a tratar para no anhelarme de inmediato. ¡Imbéciles! A mí no me interesa mi conversación ni mi espiritualidad. Y lo que exijo es verme rodeada de miradas de deseo, oír el ¡crac! de mis cierres en la mente de mis amigos. ¡No me conviertan en Ser Humano! Déjenme en mi primera y única calidad de Objeto Sexual”.

El monje, furioso, arranca de un tirón la hoja donde viene esta bofetada, le saca copias y corre a denunciar a Monsiváis al Inmujeres, al Simone de Beauvoir, a la Comisión Nacional de los Derechos Humanos y al Trife, donde los fallos impecables son su especialidad, como bien lo saben sus beneficiarios.

¡Monsiváis a la hoguera!, grita febril el amanuense mientras recuerda a Isela Vega y Sasha Montenegro en su esplendor. Maldita memoria.

Líder de la cuna a la sepultura

El consultorio de la Doctora Ilustración (Ph. D.) nos hace comprender muchas cosas. Entre otras, la decisión de Andrés Manuel López Obrador de nombrar candidato plurinominal al Senado de la República (tan desprestigiado el pobre) a Napoleón Gómez Urrutia, dirigente de Sindicato Nacional de Trabajadores Mineros, Metalúrgicos, Siderúrgicos y Similares de la República Mexicana. Napoleón el chico, hijo de Napoleón el grande, es, como su padre, un líder. No sabe ser ni hacer nada más y sería injusto negarle su única forma de ganarse y disfrutar la vida en el extranjero.

Monsiváis le da voz a un líder de actores, quien después de entregarse durante años a la defensa de sus compañeros se ve de pronto bajo sospecha, víctima de críticas y reclamos. Le escribe a la Doctora Ilustración, le cuenta sus cuitas y le expone las razones para mantenerse en el cargo contra viento y marea. En primer lugar —le explica—, en México, los líderes nunca se jubilan (aunque algunas pocas veces los meten a la cárcel). En segundo, “un líder solo sabe ser un líder; no es zapatero o plumero; un líder siempre ha trabajado de líder, y quitarle esa chamba equivale no tanto como a matarlo de hambre pero sí a cosas peores”. En tercero, “cuando un líder dice ‘¡Papas! ¡Ái muere’, ái muere y punto”. Tal vez —continúa— haya problemas con el manejo del patrimonio de los agremiados (digamos 55 millones de dólares), pero el sindicato recuperará su dinero algún día del siglo XXIII. En una asamblea se muestra a la vez firme y conciliador. Le cuenta a su interlocutora: “Y (frente a los sindicalizados) fui muy gráfico. Traje un pizarrón donde estaba escrito ‘Mueran los líderes corruptos’, saqué un borrador, lo usé y dije: ‘Ora sí, chavos, borrón y cuenta nueva’. Entonces, ¿por qué seguir dando lata?”

Claro, reflexiona el amanuense. Un exilio dorado no es nada cuando el rebaño extraña al pastor y la Patria reclama a sus hijos. ¡Bienvenido Napito!

El infierno a la vista

Entre los textos de esta antología se encuentra uno dedicado a la actuación de México en el Mundial de Argentina 1978. El cofrade lo lee y se le arruga el corazón. Recuerda la humillación de aquellos “mequetrefes” —así los llama Monsiváis— de la selección nacional y el cielo se le viene encima. Otra vez, piensa, en Rusia los astros presagian el desastre. Dios no lo quiera.

Querido cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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