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Jueves , 18.10.2018 / 22:16 Hoy

El Santo Oficio

Los pobres políticos

José Luis Martínez S.

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La incertidumbre, la angustia, la tristeza aparecen en la noche del cartujo. No son buenos tiempos —piensa— antes de abandonar su camastro, encender la vela y sentarse a la mesa para continuar la lectura de Frente al miedo (Página indómita, 2015), recopilación de textos de Antonio Escohotado, para quien la libertad es el más eficaz antídoto contra los monstruos de la servidumbre.

Crítico severo de la democracia como botín de unos cuantos, los mismos de siempre, el pensador español recuerda: “este sistema nació con la expresa finalidad de impedir que el poder político correspondiera a una clase social”, sin importar cuál fuera. Por eso arbitró normas ahora olvidadas: los cargos públicos no deberían ser remunerados (“el funcionario, sencillamente, recibiría un estipendio igual a sus ingresos privados previos”) y en ningún caso podrían prolongarse más allá de dos mandatos; cualquier acto de corrupción derivado de la función pública —aun el más insignificante— sería considerado como delito grave, y todas las actividades de todos los funcionarios estarían sometidas a la más escrupulosa transparencia.

“En definitiva —escribe Escohotado—, la meta era hacer imposible que el gobierno fuera el robo vitalicio de otras eras, devolviéndolo a su naturaleza de temporal engorro para hombres honrados”.

Excepto en Suiza, donde estos principios prevalecen y los parlamentarios y aun el presidente de la Confederación no disfrutan de privilegios especiales ni se distinguen de los demás ciudadanos por el boato a su alrededor, en el resto del mundo las cosas son diferentes: el poder político “volvió por sus antiguos fueros, reconvirtiéndose en un medio y un modo de vida perpetuo” gracias a esas organizaciones llamadas partidos de masas, verdaderas empresas y eficaces agencias de colocaciones, como bien lo sabemos en México. Los partidos —dice Escohotado— son gremios con intereses compartidos. “Dado que unos y otros prometen por prometer y hablan por hablar (…) la distinción entre programas distintos se resuelve en ruidos con distinto timbre, sugiriendo que el sistema parlamentario (en nuestro país ni a eso llega) se acerca a un atolladero desde el que solo se fabrican demagogia y corrupción”.

Entre las perversiones de la democracia está el haber propiciado el surgimiento de una clase gobernante. “Primero se hicieron remunerados —y bien remunerados— los cargos políticos, de manera que sus ostentadores no los aceptaran con un espíritu de responsabilidad y pulcritud, sino con el ánimo de quien ha sido invitado a forrarse y mangonear…”, advierte el autor de La conciencia infeliz.

Pero con todos sus grandes defectos —dice con resignación—, la clase política no es prescindible en la actualidad. “A pesar de sus circos e hipotecas, esa clase representa cierta ilustración en tiempo de generalizado marketing, y negarlo es demagogia, apelación al rencor del triste o a la ingenuidad del idiota”.

La mala vida

Con lucidez y humor, Escohotado recuerda episodios de su vida, habla de su relación con las drogas (“La guerra a las drogas —dice es una guerra a la euforia autoinducida, y delata miedo al placer”.), se refiere a la evolución de su pensamiento, comenta temas religiosos, filosóficos, científicos y, desde luego, se adentra en el terreno de la política, en ocasiones con ejemplos de la España contemporánea, zarandeada por la crisis y los escándalos.

En uno de los textos habla del “individualismo bien entendido” (el del respeto al otro), en uno más se pronuncia contra el espionaje de Estado: “Si se mira de cerca, el aparato de información y contrainformación solo nos sirve en la práctica para asegurar la impunidad del Gobierno, y cronificar una indefensión de la ciudadanía”, escribe, llamando “ejército cloacal” a los encargados de estas malolientes actividades.

El difícil leer muchos de los artículos de Frente al miedo sin pensar en México, en sus partidos convertidos en franquicias, sociedades anónimas, empresas familiares; en sus políticos, tantos de ellos disfrazados ahora de “ciudadanos” o “independientes” cuando toda su carrera ha transcurrido bajo el cobijo partidario.

Por fortuna, no todo es crítica para los políticos en el libro de Escohotado. Recuerda el texto de Hans Magnus Enzensberger “Compadezcamos a los políticos” (incluido en Zigzag, 1989) y se hace eco de la lástima del poeta y ensayista alemán por estos seres desgraciados, habitantes de un infierno cotidiano en el cual se debe “madrugar con prisas, cumplir una agenda repleta de insípidas o traicioneras reuniones hasta altas horas de la noche, actuar ante asambleas, cámaras y micrófonos con precaución rayana en la doblez, inclinarse mucho ante superiores y cernirse mucho ante inferiores, cargas con secretos en verdad inconfesables, vivir siempre entre guardaespaldas… El sacrificio otorga oro, fama y poder, pero hay modos mucho menos usureros de obtener esos premios, y si el político actual se aferra a su duro oficio es, a fin de cuentas, porque no sobresale en otros”.

Ahí están esos pobres hombres, carentes de espontaneidad y franqueza, siempre en la mira de sus adversarios y probables votantes, derrochando su vida en una actividad en la cual, si acaso, la inmensa mayoría dejara un mal recuerdo.

Queridos cinco lectores, con el corazón apachurrado pero con fe inquebrantable, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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