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Jueves , 18.10.2018 / 00:25 Hoy

El Santo Oficio

Los fines y los medios

José Luis Martínez S.

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La noche se viene encima y el cartujo mira las estrellas, intentando predecir el futuro. No sabe cómo hacerlo y desiste, no consigue siquiera identificar el cinturón de Orión ni recuerda cómo son las osas Mayor y Menor. Está perdido, y lo sabe. Tan perdido como cuando intenta comprender las acciones de los normalistas en Oaxaca, Guerrero y Michoacán, estados convertidos, literalmente, en tierra de nadie.

En esos lugares, con alarmante impunidad y por cualquier motivo, durante años los alumnos de las normales han cerrado carreteras, tomado casetas de peaje, asaltado camiones repartidores, secuestrado o quemado autobuses de carga y de pasajeros, destruido instalaciones oficiales. En Chilpancingo, el 12 de diciembre de 2011, dos normalistas de Ayotzinapa incendiaron una gasolinera, provocando la muerte por quemaduras del ingeniero en sistemas Gonzalo Miguel Rivas Cámara, para quien Luis González de Alba pidió una y otra vez, hasta su último aliento, la medalla Belisario Domínguez. Quizá se la concedan. La insistencia del autor de Los días y los años se ha vuelto más poderosa después de su suicidio, ocurrido el pasado 2 de octubre, y cada vez son más quienes se unen a ella.

LA LEY NO IMPORTA

El periódico El País publicó en su edición del 5 de octubre un reportaje preocupante desde su título: “El pueblo al que teme el propio Estado mexicano”. No se trata de una localidad tomada por narcos armados hasta los dientes —como se decía en los viejos tiempos—, sino por normalistas y comuneros de Turícuaro, Michoacán, estado gobernado por el perredista Silvano Aureoles, tan ineficiente como sus predecesores en brindarles así sea un poco de tranquilidad a los habitantes de esa tierra asolada por la delincuencia organizada, la disidencia magisterial, los normalistas y los políticos corruptos, como enseña la historia reciente.

El trabajo de Jan Martínez Ahrens en El País nos habla de un lugar donde, como diría el clásico, las instituciones se fueron al diablo y el poder se ejerce de manera autoritaria, sin críticas ni disensos; un lugar regido por usos y costumbres, tan celebrados y defendidos con ardor por la izquierda exquisita desde los bares y cafés de Coyoacán, la Roma o la Condesa.

En Turícuaro la ley no importa, escribe Martínez Ahrens. Desde hace cuatro meses las calles, plazas y explanadas de este pueblo indígena, de 3 mil pobladores, están llenas de vehículos secuestrados por normalistas opuestos a la reforma educativa.

“Nadie puede acercarse a los vehículos —agrega—, nadie puede sacarlos. (…) Si alguien intenta llevárselos, la amenaza es la hoguera. ‘De aquí no se mueven hasta que el Estado represor se siente a negociar’, brama con desconfianza el líder de la patrulla comunal que vigila los transportes”.

Con la autoridad ausente, algunos choferes han hecho de sus camiones su vivienda. No quieren abandonarlos a la rapiña; si lo hacen, tienen miedo de perder su trabajo o ser acusados de complicidad por sus patrones. Muchos vecinos los miran con desprecio y ni siquiera quieren venderles comida. Pero no todos son así, apunta Martínez Ahrens, quien viajó a Turícuaro con el fotógrafo Francisco Cañedo: “Algunos se compadecen de ellos. Pero no se atreven a decir nada en voz alta. ‘Tengan cuidado ustedes también, no les vayan a quemar el coche’, dice a escondidas una mujer indígena. (…) Parece que quiere hablar, pero cuando advierte que la patrulla vecinal se acerca, desaparece. Los choferes también bajan la voz. A su paso, todos callan y bajan la cabeza. El Estado también”. ¿Eso es México o Corea del Norte?, se pregunta el fraile mientras por su mente cruza la imagen de Nochixtlán, donde el Estado también pierde la batalla.

SILENCIO

Tal vez las protestas de los normalistas de Oaxaca, Guerrero y Michoacán trascienden intereses personales como evadir exámenes y obtener una plaza de manera automática al concluir sus estudios. Quizá luchan por un país con mayores oportunidades para todos y una educación de calidad. Serían fines encomiables, quién lo duda, pero los medios para lograrlos están de la patada, aunque sus simpatizantes, sobre todo desde los medios o las redes sociales, no quieran admitirlo.

En el ensayo “Las contaminaciones de la contingencia”, incluido en el sexto tomo de sus Obras completas (FCE, 2014), Octavio Paz recuerda un episodio protagonizado por Georges Bernanos y Simone Weil.

Bernanos vivía en Mallorca en la época de la Guerra Civil española. Era católico, conservador y simpatizaba con Franco. Pero en uno de sus libros denunció sin ambigüedades las atrocidades de los fascistas. Al leerlo, Weil le escribió una carta: ella había hecho lo mismo en el lado opuesto, había escrito sobre los horrores del bando republicano.

La actitud de Bernanos y Weil, dice Paz, deja dos lecciones: “La primera: los fines de la causa que defendemos, por más altos que sean, no pueden separarse de los medios que empleamos: los fines no son ni pueden constituir nuestro único criterio moral. La segunda: denunciar las atrocidades que comete nuestro partido es difícil, muy difícil, pero es el primer deber del intelectual”.

¿Quién desde la izquierda ha denunciado como un crimen imprudencial la muerte de Gonzalo Rivas? ¿Quién critica situaciones como la de Turícuaro o Nochixtlán? En México tanto la izquierda como la derecha, ante las fechorías de sus correligionarios, acostumbran guardar silencio.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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