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Domingo , 16.12.2018 / 10:07 Hoy

El Santo Oficio

La purificación

José Luis Martínez S.

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En el Zócalo, ante una multitud fervorosa, Andrés Manuel López Obrador recibe el bastón de mando de los pueblos indígenas. Envuelto en incienso, escucha respetuoso las palabras de quienes lo depositan en sus manos. Luego arremete contra “el antiguo régimen”, se congratula de “la purificación de la investidura presidencial por los pueblos indígenas de México” y promete “la purificación” de la vida pública del país. La gente le aplaude, en realidad le aplaudiría cualquier cosa; su dominio de la plaza y su carisma son indiscutibles. Está en su elemento, y lo sabe. Está con “su pueblo”.

Como en la mañana, en su toma de posesión, anuncia la construcción de 100 universidades públicas y modificaciones al artículo tercero constitucional para garantizar la educación gratuita en todos los niveles. Reitera la cancelación de la “mal llamada” reforma educativa y su respeto por los maestros y maestras de México.

El monje sigue sus palabras con atención, toma notas, hace subrayados. Ojalá —implora— no se olvide de la construcción de la Ciudad de los Niños en las Islas Marías, su promesa de una antigua campaña, y si le parece pertinente, también podría revisar la maldición del cambio de horario, a la cual se opuso con enjundia en sus primeros días como jefe de Gobierno del Distrito Federal.

López Obrador ha prometido la purificación y el paraíso, y una constitución moral. En su discurso de toma de posesión ha dicho: “Nada material me interesa ni me importa la parafernalia del poder. Siempre he pensado que el poder debe ejercerse con sabiduría y humildad, y que solo adquiere sentido y se convierte en virtud cuando se pone al servicio de los demás”. Suena bien, las palabras del nuevo Presidente mexicano son convincentes, parecen sinceras y el amanuense (casi) se reprocha no haber votado por él. Pero recuerda otros tiempos, otros discursos, otras promesas. Recuerda su emoción cuando escuchó decir a José López Portillo en su toma de posesión: “A los desposeídos y marginados si algo pudiera pedirles, sería perdón por no haber acertado todavía a sacarlos de su postración, pero les expreso que todo el país tiene conciencia y vergüenza del rezago y que precisamente por eso nos aliamos para conquistar por el derecho de la justicia”… y seis años después la angustia y el llanto al ver derrumbado el patrimonio de su familia por la devaluación, la quiebra de empresas, la pobreza aleteando sobre nuevos hogares, la inmisericorde resaca de la irresponsabilidad.

Desarrollo estabilizador

El cofrade observa la ceremonia de transmisión del poder por la televisión, y vuelve al pasado. López Obrador no oculta su admiración por el modelo económico impulsado en los gobiernos de Adolfo López Mateos y Gustavo Díaz Ordaz: proteccionista, con un tipo de cambio fijo, con una gran intervención del Estado en la industria. En San Lázaro dice: “en dos sexenios consecutivos, de 1958 a 1970, cuando fue ministro de Hacienda Antonio Ortiz Mena, la economía del país no solo creció al 6 por ciento anual, sino que este avance se obtuvo sin inflación y sin incremento de la deuda pública. Por cierto, Ortiz Mena no era economista, sino abogado”. En un buen resumen en Wikipedia sobre este modelo se lee: su logro “fue haber alcanzado un equilibrio interno completo (crecimiento con estabilidad de precios), a costa de un continuo y permanente desequilibrio externo, financiado con capital extranjero y un creciente déficit gubernamental (del gobierno federal y empresa públicas) financiado con endeudamiento interno y externo”. Al final: “El crecimiento sostenido durante ese periodo costó generar condiciones, para los años subsecuentes, de concentración y control por parte de la inversión extranjera del sector más dinámico de la economía, la producción manufacturera. Un elevado endeudamiento y un creciente déficit gubernamental”.

El desarrollo estabilizador está en la mente de López Obrador, un modelo no solo de otra época, sino de otro mundo. Esa es su inspiración económica.

La fraternidad a ladrillazos

¿Cómo serán las universidades de López Obrador? ¿Cómo será su política educativa, con aliados como Elba Esther Gordillo y la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación? ¿Cómo será su trato con los medios, blanco de sus críticas y descalificaciones? Su gobierno comienza con enormes expectativas, con gran euforia, con numerosos enigmas.

En los primeros párrafos de su discurso inaugural en el Congreso, dijo: “nosotros queremos convertir la honestidad y la fraternidad en forma de vida y de gobierno”. Pero López Obrador no puede ser conciliador, aunque lo intente. No está en su naturaleza, y su gobierno será una permanente campaña —con importantes recursos económicos a su disposición— para garantizar la continuidad de su partido en el poder por quién sabe cuántos sexenios.

Dice: “Gobernaré con entrega total a la causa pública, dedicaré todo mi tiempo, mi imaginación, mi esfuerzo a recoger los sentimientos y a cumplir con las demandas de la gente. Actuaré sin odios, no le haré mal a nadie, respetaré las libertades, apostaré siempre por la reconciliación y buscaré que entre todos y por el camino de la concordia, logremos la cuarta transformación de la vida pública de México”.

Ojalá, pero...


Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones.



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