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Lunes , 20.08.2018 / 03:03 Hoy

El Santo Oficio

En el nombre del pueblo

José Luis Martínez S.

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Con la condena de la incertidumbre y la vigilia reflejada en la profundidad de sus ojeras, el cartujo acompaña las horas con la lectura de un pequeño libro llamado ¿Qué es el populismo? (Grano de Sal, 2017), del politólogo alemán Jan-Werner Müller, profesor de Ciencias Políticas en la Universidad de Princeton, autor, entre otros ensayos, de Contesting democracy (Yale University Press, 2011).

Müller hurga en las raíces del populismo, define sus características, advierte de sus riesgos en un mundo cada vez más desencantado de la democracia; en muchos lugares con élites políticas ineficaces y corruptas y partidos hundidos en el descrédito. En ese clima de hartazgo y enojo surgen y prosperan los líderes populistas, de izquierda o de derecha, autodenominados únicos representantes del “pueblo”, esa entelequia tan útil para descalificar y borrar a los adversarios, para considerarlos indignos de ser escuchados. “El postulado de representación exclusiva no es empírico; siempre es de marcada naturaleza moral —señala Müller—. Cuando están en campaña, los populistas retratan a sus rivales políticos como parte de la élite corrupta e inmoral; cuando gobiernan, se niegan a reconocer la legitimidad de cualquier oposición. Esta lógica también implica que quien no apoye a los partidos populistas no puede ser propiamente parte del pueblo —siempre definido como recto y moralmente puro”.

¿Qué es el pueblo? —se pregunta Müller y recuerda una frase del presidente turco Recep Tayyip Erdogan a sus críticos: “Somos el pueblo. ¿Quiénes son ustedes?” Los populistas suponen al pueblo como un todo, sin fisuras, con los mismos intereses y aspiraciones. Se oponen a las élites, pero también al pluralismo: “aseguran que ellos, y solo ellos, representan al pueblo”. Y al hacerlo, dejan fuera a grandes sectores de la población, considerados “enemigos del pueblo” por no coincidir con sus ideas.

Para Müller, “el populismo siempre es una forma de política identitaria (aunque no todas las versiones de política identitaria sean populistas). Lo que se deriva de esta interpretación como una forma excluyente de política identitaria es que el populismo tiende a constituir un peligro para la democracia, pues ésta requiere del pluralismo y de que aceptemos que necesitamos encontrar términos justos para vivir juntos como ciudadanos libres e iguales, pero también irreductiblemente diversos”.

Un fantasma recorre el mundo

Parafraseando a Marx: el fantasma del populismo recorre el mundo, capitaliza frustraciones, promete darle todo el poder al pueblo, proyecta una sombra moralista, excluye la disidencia, erige liderazgos carismáticos, refractarios a la crítica, inmunes a la contundencia de los hechos, proclives al autoritarismo, como se ha visto en tantos países.

El libro muestra ejemplos de populismo en Europa, Estados Unidos, América Latina; documenta su espectacular crecimiento, en gran medida producto de gobiernos irresponsables, de políticos deshonestos. Por eso, los populistas son antisistema y se nutren de la acumulación de frustraciones y resentimientos de ciudadanos condenados a la pobreza, a la injusticia, a la falta de alternativas para una vida mejor.

Los populistas separan, ahondan las diferencias en la sociedad con base en criterios morales. De acuerdo con Müller: “Un populista distingue entre lo moral y lo inmoral de varias formas. Lo que siempre tendrá que estar presente es alguna distinción entre el pueblo moralmente puro y sus oponentes” —quienes, según Donald Trump, el gran populista de derecha de nuestro tiempo, “no significan nada”.

“Además de determinar quién realmente pertenece al pueblo, los populistas necesitan decir algo sobre el contenido de lo que el pueblo auténtico en verdad quiere. Lo que suele sugerir es que hay un solo bien común, que el pueblo puede discernir cuál es y procurárselo, y que el político o un partido (o, menos factible, un movimiento) puede instrumentarlo como política inequívoca”, asegura Müller.

Los populistas nunca ponen en duda la sabiduría del pueblo para otorgarles el poder; por eso dudan y cuestionan frenéticamente a las instituciones cuando no logran acceder a él. Para ellos, el pueblo es uno, es homogéneo y ellos lo representan, por eso “suelen contraponer el resultado ‘moralmente correcto’ al verdadero resultado empírico de una elección cuando ésta no juega a su favor”.

Confrontación apocalíptica

Jan-Werner Müller plantea numerosas interrogantes, entre ellas el propio significado del término “populismo”; arriesga algunas definiciones y reitera una y otra vez su renuencia al pluralismo, esencia de la vida democrática. Como se ha visto en los últimos años, cuando el populismo se convierte en gobierno, entonces —dice Müller— manifiesta tres aspectos: “procura apropiarse del aparato del Estado, recurre a la corrupción y a ‘clientelismos de masas’ —intercambio de beneficios materiales o favores burocráticos a cambio del apoyo político de ciudadanos que se convierten en ‘clientes’ de los populistas— y se esfuerzan sistemáticamente por suprimir a la sociedad civil”, es decir, a la voces críticas de su ejercicio en la función pública.

Pero no solo eso: “Los populistas en el gobierno siguen polarizándose y preparan al pueblo para nada menos que lo que presentan como una suerte de confrontación apocalíptica. (…) Nunca faltan los enemigos, y éstos nunca son nada menos que enemigos del pueblo en su conjunto”.

Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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