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Miércoles , 12.12.2018 / 15:18 Hoy

El Santo Oficio

En algún momento de la noche…

José Luis Martínez S.

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El cartujo sale de la novela Según venga el juego (Literatura Random House, 2017), de Joan Didion, con la cabeza revuelta y la mirada vidriosa. Es la historia de Maria (“Se pronuncia mar-ay-a, que quede claro desde el principio”, advierte ella en las primeras páginas), una actriz de 31 años, sumida en la más profunda depresión. Casada con Carter, un exitoso director de cine, su matrimonio naufraga, como su carrera y su vida. Tiene una hija de cuatro años, internada en un sanatorio; contra las indicaciones de los médicos, la visita con frecuencia. “Donde está Kate —dice— le ponen electrodos en la cabeza y agujas en la columna e intentan averiguar qué falló. (…) Kate tiene una debilidad en la columna y una sustancia química anómala en el cerebro”.

La enfermedad de su hija la atormenta. Ha filmado apenas dos películas y su futuro se oscurece: no come, no sale, no trabaja, no desea nada, sino estar con ella. Su marido y sus amigos intentan arrancarla del ensimismamiento, de la tristeza, pero fracasan, y siguen con sus vidas, con sus fiestas, con sus amantes, en un carrusel de frustraciones y apariencias.

Maria también tiene un amante, se embaraza y, al saberlo, Carter le exige abortar. “No estoy segura de querer hacerlo”, responde. Él la mira y lanza una jugada demoledora: “Muy bien —le dice—, pues no lo hagas. Sigue adelante y ten al niño. Y me quedaré con Kate”.

Temerosa, Maria acepta. Carter le da el número de un médico. “Llámalo”, le dice. Las horas transcurren lentas, duerme mal, se despierta angustiada. “En algún momento de la noche se había trasladado a un reino de miserias exclusivas de las mujeres…”, escribe Didion.

En el balde

La novela fue publicada en 1970 y retrata a una sociedad superficial y machista, en la cual el dinero, el sexo y las drogas no conjuran sino incrementan el hastío.

En esa época el aborto era ilegal en Estados Unidos, lo fue hasta el 22 de enero de 1973, cuando una decisión de la Corte Suprema de Justicia lo clasificó como un derecho fundamental de las mujeres.

En el caso de Maria, el legrado no es voluntad de ella, pero de cualquier modo debe enfrentar la experiencia amarga de las transacciones clandestinas, con llamadas furtivas, condiciones inapelables, encuentros peligrosos, pago por adelantado y en efectivo. Un día, por fin, llega a donde se lo van a practicar, un cuarto con el suelo cubierto de periódicos, las paredes con tapiz deslavado y una precaria mesa de operaciones. El doctor, “alto y ojeroso”, con un delantal de hule, la previene: no va a utilizar anestesia, no le gusta, “la anestesia puede ocasionar problemas —le explica—, basta un poco de anestesia local en el cuello del útero”. Le pide relajarse, no pensar en nada, y comienza a raspar mientras afuera alguien ve una película con la televisión a todo volumen.

Didion, como si lo hiciera con ácido, escribe:

“—¿Oyes el raspado, Maria —dijo el médico—. Debería sonarte a música… no grites, Maria, hay gente en la otra habitación, ya casi está, casi ha terminado, mejor sacarlo todo ahora que tener que volver dentro de un mes… Te he dicho que no hagas ruido, Maria, ahora te explicaré lo que pasará, sangrarás más o menos un día, no mucho, solo manchas, y luego, dentro de un mes, dentro de seis semanas tendrás un periodo normal, este mes no, este mes acabas de tenerlo, está en el balde”.

Maria recuerda a una amiga de Nueva York, a quien las autoridades le concedieron la oportunidad de un aborto legal, en un hospital, realizado en las mejores condiciones. Su caso es diferente; además ella no quería hacérselo, por eso todo le resulta más doloroso.

Una tarde, con el Sol a plomo, después de una fallida cita de trabajo, Maria sube a su coche y conduce mucho tiempo, sin rumbo. De pronto se detiene, apoya la cabeza en el volante y comienza a llorar, “a lágrima viva”. Llora por su madre muerta, por su hija enferma, por su matrimonio mal avenido, por su carrera deshecha, y por una inesperada revelación: “no había contado a propósito los meses pero debía haberlos contado sin ser consciente, debía haber llevado la cuenta incesante en alguna parte, porque hoy era el día, el día en que habría nacido el bebé”.

Una mirada implacable

Según venga el juego está escrita con la “mirada implacable” de Joan Didion, una de las grandes narradoras estadunidenses de nuestro tiempo, con su estilo seco, contundente, conciso. Es una novela conmovedora pero también una oportunidad para reflexionar sobre “ese reino de miserias exclusivas de las mujeres”, sobre su derecho a elegir, escamoteado en varios países, y aquí mismo, en algunos lugares de la República —en Ciudad de México, solo hace una década, en abril de 2007, el aborto fue despenalizado, una cuestión relegada por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, aliado, personal e ideológicamente, con el cardenal Norberto Rivera.

La novela no se centra en el aborto, abarca otros asuntos. Todos relacionados con la soledad de la mujer en una sociedad amoral y vacía, donde la palabra “nada” adquiere pleno significado.

Queridos cinco lectores, con solidaridad con el periodista Humberto Padgett, golpeado y amenazado por narcomenudistas en Ciudad Universitaria, donde la autonomía se confunde con impunidad ante el miedo e incompetencia de las autoridades locales, federales y, por supuesto, académicas, y con indignación por el asesinato del reportero Cándido Ríos Vázquez en Veracruz, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.

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