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El Santo Oficio

El Presidente sentimental

José Luis Martínez S.

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El cartujo vuelve al monasterio, se encierra en su celda y acaricia sus libros. Saca de su mochila el ejemplar de La democracia sentimental. Política y emociones en el siglo XXI (Página indómita, 2017), de Manuel Arias Maldonado, adquirido en la FIL de Guadalajara, lo coloca sobre la mesa, cada vez más tambaleante, y lee en la contraportada: “Asistimos a la reaparición de viejos fantasmas políticos: el nacionalismo, la xenofobia, el populismo… Se trata de movimientos de introversión agresiva caracterizados por la búsqueda de un chivo expiatorio y por el predominio de las emociones sobre la razón”.

El monje recuerda la ceremonia de toma de posesión de Andrés Manuel López Obrador, su largo discurso en el Zócalo, sus primeras conferencias matutinas, su inveterada costumbre de hablar en nombre del pueblo. Sus palabras son un bálsamo para sus fieles, son esperanzadoras, también vindicativas, como bien lo saben sus adversarios: “la mafia del poder” representada por los ricos, los periodistas críticos, los políticos de la oposición. Ellos son los chivos expiatorios, el pretexto para justificar sus decisiones más radicales, sus contradicciones, sus fracasos cuando los haya.

El pueblo es una metáfora, AMLO es consciente de ello. Salvo en momentos excepcionales de unidad (casi) absoluta, el pueblo es una construcción, y López Obrador ha construido el suyo a su imagen y semejanza; por eso, le prodiga y recibe afecto. Conmueve a sus partidarios, los hace sentir indignados y victoriosos. Les manifiesta: “Con ustedes (los opositores) me van a hacer lo que el viento a Juárez”; les promete; “Todos nos vamos a portar bien”; se entrega a ellos y les dice: “”Yo ya no me pertenezco”.

Es cursi, como cuando se disfrazó de “presidente legítimo”, pero seduce y estremece el alma de quienes lo ven como salvador de la patria. Provoca la reacción de otros cursis y oportunistas como Porfirio Muñoz Ledo: el 1 de diciembre lo vio como “un personaje místico, un cruzado, un iluminado”; cuando en el límite del paroxismo lo llamó “Auténtico hijo laico de Dios”, el cofrade estuvo a punto de postrarse ante la imagen milagrosa del nuevo mandatario mexicano, quien ha suscrito con su pueblo un contrato sentimental, alejado del fastidio de la razón (“El corazón tiene razones que la razón no entiende”, decía Pascal) para centrarse en el desencanto, la frustración, la ira de distintos grupos sociales ante la crisis y la desigualdad imperantes, y convertirlos “en sentimientos positivos de pertenencia”. El pueblo de López Obrador es uno solo, los demás habitantes de este país, mexicanos por nacimiento o por elección, salen sobrando. Pobres diablos.

En doble sentido

De acuerdo con Manuel Arias Maldonado, el pueblo es una ilusión en doble sentido: como activador de emociones positivas y como espejismo de unidad. “El populismo cree resolver de este modo el problema que deja en el aire el liberalismo, que es definir y dar existencia al pueblo. Y de ahí la preponderancia de la multitud frente al ciudadano en el universo populista: del cuerpo colectivo que opera como unidad frente a la pluralidad de individuos cuya subsunción en un todo solo puede ser coyuntural y condicionada. En realidad, si el pueblo del populismo se identifica únicamente con una fracción del cuerpo social, ¿cómo puede ser más democrático que la noción de ciudadanía”.

En el nuevo escenario político, el pueblo lo es todo; los ciudadanos cuentan poco, o no cuentan, su voz apenas se escucha en el gigantesco coro de la cuarta transformación del país, esa ocurrencia convertida en artículo de fe. Esa simplificación de la historia, como bien lo ha advertido Héctor Aguilar Camín. Esa coartada para legitimar decisiones cupulares, para disfrazar la sumisión del Poder Legislativo ante el Ejecutivo.

Una historia de amor

López Obrador ha enfatizado la creación de una república amorosa; así lo creen sus partidarios, orgullosos de humillar a sus rivales (como lo hizo el propio AMLO el 1 de diciembre con Enrique Peña Nieto, como lo hizo Paco Ignacio Taibo II en la FIL de Guadalajara al referirse a quienes se oponían a su nombramiento como director del FCE). Sobre esto, dice Arias Maldonado: “si el amor es la base de un sentimiento de hermandad necesario para la creación de comunidades humanas, también puede proporcionar la base para formas autoritarias y regresivas de vinculación social”.

Los seguidores de López Obrador —como diría Arias Maldonado— lo miran como se mira a la persona amada, con fervor y admiración, no le reconocen defectos ni toleran reproches a sus ideas o a su temperamento. En su artículo semanal para el suplemento Babelia, Antonio Muñoz Molina cita a Neil Postman, quien en su libro Tecnópolis, al referirse al fanatismo provocado por la tecnología, dice: “A veces hace falta una voz discordante para moderar el estrépito causado por las multitudes entusiastas”. Eso hace falta ahora en México: la voz discordante de los críticos de un régimen empeñado en verse en el espejo para regodearse con su imagen, dispuesto, siempre, a ignorar a los ciudadanos en nombre de esa entelequia llamada pueblo.

Queridos cinco lectores, en la antesala del aniversario 16 del suplemento Campus, de MILENIO, especializado en educación superior, la semana pasada murió su fundador, Jorge Medina Viedas, a su familia un abrazo y a Jorge el mejor de los recuerdos… Como siempre, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.




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