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Lunes , 10.12.2018 / 14:31 Hoy

El Santo Oficio

Defensa de la crítica

José Luis Martínez S.

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Las lágrimas cubren el rostro del viejo cartujo y hacen de sus arrugas breves pero caudalosos arroyos poblados de recuerdos. Mirando al futuro se llena de nostalgia y tristeza: de golpe y porrazo desapareció el talante crítico de algunos medios, la beligerancia de sus articulistas y moneros, tan severos los primeros como cáusticos los segundos en sus cuestionamientos al poder. El monje comienza a extrañarlos, por eso llora y berrea, como si hubiera perdido la elección para gobernador en Puebla.

Conmueve verlos tan dóciles con el próximo gobierno, entregados a su elogio y al golpeteo de sus adversarios, como lo hacían los panegiristas de los gobiernos del PRI y del PAN, ahora de capa caída o de plano en proceso de reacomodo no tanto ideológico, sino financiero ante la perspectiva de un régimen donde no tendrán cabida ni cochupos.

El nuevo periodismo oficial no disfraza su militancia; de pronto, sus protagonistas han olvidado el papel de los medios como contrapeso del poder y se vuelcan en alabanzas hacia el virtual presidente electo, quien debería tener cuidado con ellos —y si de veras quiere cambiar a este país, más le convendría tener presentes las palabras de don Quijote a Sancho: “Si a los oídos de los príncipes llegase la verdad desnuda, sin los vestidos de la lisonja, otros siglos correrían”.

En un cuarto oscuro

La prensa mexicana tiene una historia de claroscuros. Entre sus episodios más vergonzosos está aquella carta del 24 de septiembre de 1968 de Gabriel Alarcón, director de El Heraldo de México, al presidente Gustavo Díaz Ordaz. Ejemplo de abyección, de renuncia a la dignidad, esa misiva puede ayudarnos a comprender el peligro de los medios incondicionales del poder, sean de derecha o izquierda.

En el México de la hegemonía priista, la mayoría de comentaristas y reporteros políticos escribió sin rubor la apología del régimen, eso hace más valiosos a quienes no se unieron al coro de alabanzas y ejercieron, asumiendo graves riesgos, su derecho a la libertad de expresión, a la crítica, a la disidencia.

En los días intensos del movimiento estudiantil, Gabriel Alarcón, servil, untuoso, le escribió a Díaz Ordaz sobre su permanente contacto con los miembros de su gabinete para pedirles consejos sobre cómo abordar el conflicto en su periódico. Le habla, por ejemplo, de su encuentro con Luis Echeverría, secretario de Gobernación, quien, admite orgulloso: “me ha orientado e indicado líneas a seguir en cada caso externándome su conformidad con mi actuación. El pasado domingo le avisé de un movimiento promovido por los redactores de El Día y Excélsior por el cual pretendían publicar en los diarios de la capital un desplegado firmado por los redactores de todos los periódicos. El mismo era de reproches al gobierno, por lo que procedí a advertir al Güero O´Farril (dueño de Novedades) y convencí a mis reporteros de lo desorientadora y antipatriótica que resultaría esa publicación y que no la apoyaran. El Lic. Echeverría me dijo que gracias a la información que en detalle le di se paró a tiempo este asunto y además se logró que un grupo de redactores ‘amigos’ hicieran una publicación de apoyo al régimen. En ocasiones la orientación que (Echeverría) me da nos da la guía para noticias de ocho columnas”.

La carta provoca náuseas, son las palabras de un delator, de un lacayo quien hasta el final se arrastra diciéndole a su Querido señor Presidente: “Sinceramente creo que mi lealtad y las de mis hijos están a prueba de cualquier duda. (…) Por muchos años se nos ha criticado nuestra parcialidad y entreguismo. Pero le ratifico a usted que hemos sido, somos y seremos Díaz Ordacistas y agradecidos leales y sinceros con usted.

“Sin embargo mucho le agradeceremos que si usted personalmente cree que nos equivocamos por favor nos lo haga saber. Señor Presidente nos sentimos en un cuarto oscuro y solamente usted nos puede dar la luz que necesitamos y señalarnos el camino a seguir”.

Esto sucedía en la adolescencia del monje y pasaron muchos años antes de poder criticar y satirizar en los medios al presidente de la República, un derecho al cual no conviene renunciar, aunque el próximo mandatario se llame Andrés Manuel López Obrador.

La presidencia imperial

En estos tiempos, algunos empresarios de la prensa han comenzado a tomar previsiones, a desprenderse de colaboradores incómodos para no afectar su relación con el nuevo gobierno. No se trata, en todo caso, de comunicadores irresponsables, sino de severos críticos de AMLO y su proyecto de gobierno, con los cuales se puede o no estar de acuerdo, pero son necesarios en un país diverso y plural.

Pero en la antesala de una nueva presidencia imperial, como diría Enrique Krauze, se observa cómo la separación de poderes volverá a ser una falacia y el Legislativo quedará bajo las órdenes del Ejecutivo, desde donde se determinarán cargos y posiciones, como sucedía en el priismo —por lo pronto, AMLO ya decidió quién presidirá el Senado y quién la Comisión de Relaciones Exteriores de esa cámara, y en una de esas hasta dónde deberá sentarse cada legislador de Morena y sus aliados. Ojalá y no caiga en la tentación de censurar a sus críticos (de por sí estigmatizados desde las “benditas redes sociales”) como sucedía en aquella época cuando Gabriel Alarcón se ponía de tapete ante Díaz Ordaz para deshonra y desgracia del periodismo mexicano. Pero, sobre todo, sin importar sus tendencias, ojalá en los propios medios se defienda el derecho a la información y a la libre manifestación de las ideas, así sean, como las del monje, descabelladas.

Queridos cinco lectores, encerrado en su humilde celda, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.




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