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El Santo Oficio

Banderines y serpentinas

José Luis Martínez S.

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Desde el jardín del monasterio, en lo alto de una montaña, el cartujo mira el Valle de México. Hace un poco de frío, el cielo es azul, las avenidas se encuentran despejadas. Es un día hermoso y sería ideal si no hormigueara en el ambiente el fantasma del autoritarismo, la imposición a rajatabla de una sola voluntad, la de un apostador consciente de tener entre sus cartas la de una legión de adictos alimentada con dádivas y promesas, dispuesta a seguirlo con docilidad y darle el triunfo en todas sus partidas, aun las más aventuradas.

“La lengua de todos los utopistas, en cuya escala deben contarse los estadistas y los políticos, ha sido doble: una de encantador y la otra de profeta”, escribe Fernando Solana Olivares en su libro Luna roja (El tapiz del unicornio, 2018). Esta aseveración taladra la tranquilidad del cofrade: en la Presidencia de la República se encuentra un seductor y nigromante dispuesto a todo para hacer realidad su proyecto de la cuarta transformación del país, sin importarle nada, sin escuchar a nadie, excepto cuando se trata de aclamaciones, mientras más enardecidas mejor, en las plazas, en los medios, en las redes sociales, en el espejo donde se ve cada día como el salvador de la patria.

Escenas de otro tiempo

El monje abandona sus cavilaciones al aire libre y, tembloroso, regresa a su celda; está viejo y le duelen los huesos. Enciende una vela y una estufa de alcohol para calentar un poco el ambiente, se sienta a la mesa y revisa sus subrayados de la novela El orden del día (Tusquets, 2018), de Éric Vuillard. De acuerdo con los editores, es “una lección de literatura, de historia y de moral pública”. Es un libro breve, intenso, una reflexión sobre el nazismo y su ascenso fulgurante en una nación devastada por la corrupción, la desigualdad, la pobreza, la inestabilidad política. Alemania era un desastre cuando Hitler fue nombrado canciller el 30 de enero de 1933; unas semanas después, el 20 de febrero, se reunió con los 24 industriales más importantes del país en el Reichstag a fin de pedirles su apoyo para la campaña de las elecciones parlamentarias del 5 de marzo. Todos aceptaron, la mayoría “desembolsó de inmediato unos centenares de miles de marcos”, ninguno dejaría de beneficiarse de esa transacción durante los años terribles del porvenir, con prisioneros de campos de concentración trabajando gratis en las fábricas de todos y cada uno de ellos: Opel, Siemens, Bayer, Telefunken, Agfa...


Éric Vuillard describe la arrogancia de Hitler, la sumisión de sus interlocutores, el delirio de sus fanáticos, los malos cálculos de los líderes de las potencias europeas, quienes promovían con él una “política de apaciguamiento”. En poco tiempo afianzó su poder; soñaba con una Alemania imperial y decidió adueñarse de otros países: primero de Austria, donde había nacido, después de Checoslovaquia. El ritmo de la novela es trepidante, el estilo seco, contundente. Vuillard hurga en las complicidades, las omisiones, la cobardía, las mentiras, la propaganda del monstruo y sus secuaces. En Austria todo esto, más la represión de los opositores y los judíos, construyó el escenario perfecto para su recibimiento cuando decidió invadirla.

Luego de un fallido y hasta cómico despliegue de tanques, atascados sin remedio en la frontera, bloqueando por completo los caminos, retrasando de manera imperdonable al Führer, el 15 de marzo, tres días después de lo previsto, Hitler aparece en el balcón del palacio imperial. La multitud llena la enorme plaza para vitorearlo. “De este modo —escribe Vuillard—, ofuscada por una idea de nación mezquina y peligrosa, sin futuro, esa multitud inmensa frustrada por una anterior derrota, tiende el brazo al aire”. Hitler la hechiza con su palabrería, la gente lo aclama, y sonríe.

Las hermosas muchachas

En su camino hacia Viena, en su imponente Mercedes, Hitler es recibido como héroe en los pueblos por donde pasa, en uno de ellos dos hermosas y alegres muchachas le entregan flores. De estos episodios existen filmaciones, imprescindibles en la propaganda nazi. Vuillard las revisa una y otra vez, las analiza, se convence de su autenticidad y escribe: “Serpentinas, confetis, banderines. ¿Qué fue de aquellas muchachas locas de entusiasmo, qué fue de su sonrisa?, ¿de su despreocupación? ¡De su rostro tan sincero, tan alegre! ¿De todo aquel júbilo de marzo de 1938? Si una de ellas se reconociera actualmente en la pantalla, ¿en qué pensaría? El pensamiento verdadero es siempre secreto, desde el origen del mundo. Pensamos por apócope, en estado de apnea. Debajo, la vida fluye como la savia, lenta, subterránea. Pero ahora que las arrugas han corroído su boca, irisado sus párpados, apagado su voz —la mirada errando por la superficie de las cosas, entre el televisor que escupe sus imágenes de archivo y el yogur, mientras la enfermera se afana a su alrededor ajena a todo, a años luz de la guerra mundial, pues las generaciones se suceden igual que se relevan los centinelas en la noche oscura—, ¿cómo separar la juventud que se ha vivido, el olor a fruta, esa subida de savia que corta el aliento, del horror? No lo sé”.

¿Dónde nos pondrá el tiempo?, se pregunta el monje. ¿Dónde estarán las muchachas y los muchachos de ahora cuando pasen los años y piensen en sus decisiones de este momento, sin importar cuáles sean? En todo caso, ojalá nunca le abramos las puertas al horror.


Queridos cinco lectores, El Santo Oficio los colma de bendiciones. El Señor esté con ustedes. Amén.



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