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Domingo , 24.06.2018 / 07:58 Hoy

Vidas Ejemplares

Un asesino sin modus operandi

José Luis Durán King

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En un principio, las autoridades judiciales de Johannesburgo, Sudáfrica, especulaban que se enfrentaban a dos asesinos seriales. Uno que atacaba en la zona de Wemmer Pan y otro que dirigía sus actos criminales contra sastres provenientes de India.

La saga de homicidios comenzó en abril de 1996, cuando una mujer fue violada y asesinada. Para la policía local fue difícil establecer vínculos entre los ataques mortales, debido a que las presas del predador eran hombres y mujeres, de edades y oficios diferentes, además de que las armas utilizadas variaban en cada caso.

El criminal utilizó objetos contundentes como piedras, además de cuchillos —cuando se trató de ataques a mujeres solas— y pistola, en este caso, en sus agresiones contra taxistas y parejas de enamorados.

Debido a que el hombre no dejaba transcurrir mucho tiempo entre sus crímenes, varias personas y víctimas sobrevivientes habían visto su rostro, por lo que las autoridades contaban con un retrato robot que para finales de diciembre de 1997, prácticamente un año y medio después de que comenzó la serie de homicidios, empató con el registro judicial de Cedric Maake, de 32 años, casado, padre de cuatro hijos y que se ganaba la vida como pintor de brocha gorda.

Desde un principio, Maake aceptó la responsabilidad de sus actos. Su cooperación con las autoridades, guiándolas a los lugares en los que cometió sus asesinatos, contribuyó a que la policía perfeccionara un Sistema de Información Geográfica, una tecnología de mapeo que proporciona diagramas de extensión territorial de asesinatos en serie, y que fue puesto en práctica por vez primera en el caso de este modesto pintor de casas.

En la saga de Maake, el sistema señaló que el homicida atacaba en un perímetro en torno a dos de los lugares en los que realizaba sus acciones cotidianas: su zona donde laboraba y los domicilios de su hermano y de su novia.

Pese a las dificultades que enfrentó la policía, la investigación que condujo a la detención del infractor fue relativamente rápida. La situación no admitía demora, pues para abril de 1997, pocos meses antes de su captura, la zona de Wemmer Pan vivía en el terror. La gente no se atrevía a salir de noche —sola o acompañada—, los comerciantes cerraban antes de que oscureciera, por lo que los ataques contra los taxistas se intensificaron.

Maake elegía un taxi al azar. Lo abordaba y proporcionaba al conductor un domicilio en las afueras de la zona. Cuando ordenaba al chofer que detuviera la marcha del vehículo, el trabajador apenas tenía tiempo de voltear a ver al cliente antes de recibir un disparo en la cabeza.

En los interrogatorios posteriores a su detención, los agentes llegaron a una conclusión: el asesino carecía de reglas y de modo de operar. Al atacar, Maake solo tenía una cosa en mente: matar o infligir el mayor daño posible.

El juicio de Cedric Maake fue un espectáculo público de horror, por los detalles que se dieron a conocer en la corte. Las mujeres que sobrevivieron testificaron con llanto contra el criminal, al recordar cómo el hombre las pateaba y les gritaba todo tipo de frases obscenas mientras ellas estaban indefensas en el suelo.

Los abogados explicaron algunos de los ataques de Maake, simulando que cargaban enormes piedras, con las que el asesino aplastó la cabeza de varias de sus víctimas masculinas.

Durante el proceso, Maake gritaba insultos lo mismo contra autoridades que contra familiares de las víctimas. Eso sí, lloró a mares al escuchar la mención de su madre.

Cedric Maake fue condenado a mil 159 años de prisión por 27 homicidios, 26 intentos de homicidio, 14 violaciones, 41 robos agravados y otras ofensas "menores".

operamundi@gmail.com
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