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Domingo , 19.08.2018 / 17:08 Hoy

Vidas Ejemplares

Texas: las masacres con armas se previenen con armas

José Luis Durán King

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El 1 de agosto de 1966, Claire Wilson James, de 18 años, estuvo tirada, paralizada por el terror y el desconcierto, en el pavimento durante casi 90 minutos. El sol caía pesadamente en la explanada frente a la torre de la Universidad de Austin, Texas.

El novio de Claire yacía al lado ella, muerto por una bala disparada desde lo alto del edificio, donde un enorme reloj puede mirarse a gran distancia y que aquella vez marcó que a las 11:48 horas dio inicio el que es considerado el primer asesinato masivo en un espacio abierto.

Antes del mediodía, el ex marine Charles Whitman, de 25 años, que había regresado en 1964 a la Universidad de Austin, donde cursaba la carrera de ingeniero arquitecto, abordó el elevador que lo condujo hasta el piso 28 de la torre. Los últimos dos pisos para llegar al mirador había que subirlos a pie por las escaleras.

Whitman transportaba en un “diablito” un salchichón de guerra verde olivo, donde guardaba revólveres, rifles con mira telescópica, munición, un radio de transistores AM/FM, cuaderno de notas y luces de flash de baterías.

Además de cuerdas de nailon, un martillo, un encendedor, un reloj despertador, binoculares, cantimplora, cajas de cerillos, comida enlatada, papel de baño, talco desodorante (¿?) y antídoto contra mordeduras de serpiente (¿?).

Al bajar del elevador en el piso 28, una trabajadora administrativa, intrigada por el rifle que portaba el hombre en la mano, le preguntó a dónde iba. La respuesta de Whitman fue un culatazo que le partió el cráneo a la mujer, quien murió en el piso minutos después.

Cuatro personas también se dirigían al observatorio de la torre. Fueron acribilladas: dos murieron al instante y dos más quedaron paralíticas de por vida.

A las 11:48 horas, Whitman comenzó a disparar indiscriminadamente contra la gente que caminaba por la explanada y los jardines de la universidad. Sus balas alcanzaban incluso a transeúntes en calles aledañas. La madrugada de ese día, el individuo ya había asesinado a su madre y a su esposa para que no sufrieran las consecuencias sociales por la masacre que tenía planeada.

Después de que Whitman cayó abatido por las balas del oficial Ramiro Martínez, quien contó con la ayuda de otro compañero policía y un civil, el saldo fue de 16 personas muertas —entre ellas su madre y su esposa— y más de una treintena de heridos.

Eso ocurrió, repito, el 1 de agosto de 1966.

Exactamente 50 años después, el 1 de agosto de 2016, entró en vigor una ley que permite a estudiantes y trabajadores portar armas en la universidad, incluyendo los salones de clases, para beneplácito de la poderosa National Rifle Association.

De acuerdo con el senador republicano Allen Fletcher, desde hace más de 20 años, estudiantes y trabajadores llevan armas ocultas en sus portafolios. “Solo estamos legalizando esa portación de armas”, señaló.

Fletcher y sus compañeros texanos de partido propusieron y apoyaron la enmienda (ya convertida en ley) que autoriza la portación de armas en el campus de Austin bajo el argumento de que las matanzas con armas de fuego como la que perpetró Charles Whitman se previenen con armas de fuego.

Mientras tanto, Claire Wilson James, ya con 78 años a cuestas, es una de las activistas que este año construyó un memorial en honor a los caídos en la guerra personal de Charles Whitman.

Pero es el comentario de Diana Mendoza, que se graduó en 2015 en la Universidad de Austin, que mejor describe la ironía de la entrada en vigor de la ley de portación de armas exactamente el día en que se cumplieron 50 años del ataque mortal de Whitman: “Ah, los texanos y sus armas. Portar armas en el campus es ridículo. Aquello puede ocurrir nuevamente”.

operamundi@gmail.com

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