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Lunes , 24.09.2018 / 17:01 Hoy

Vidas Ejemplares

Perlas literarias y asesinos

José Luis Durán King

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Hace algunos años, en el edificio del periódico La Prensa, al leer un suplemento de los "Archivos Secretos de Policía" encontré una nota de varias décadas atrás que se refería al asesinato de un hombre, perpetrado por un par de boleros tras una juerga de varias horas.

Al dar con el paradero de uno de los criminales, la policía obligó al delincuente a que los llevara al lugar donde el cadáver fue inhumado clandestinamente: uno de los grandes basureros que en ese entonces se ubicaban en los márgenes del Distrito Federal.

La foto del bolero, con una expresión de angustia y cansancio, rodeado por policías y curiosos que se apostaron en la parte alta del basurero, era dramática. Pero más lo fueron sus palabras: "Al ver a toda esa gente viendo lo que yo hacía sentí que el cielo y la tierra se juntaban para aplastarme como una alimaña".

Tiempo después, al leer "Justine", uno de los tomos de El cuarteto de Alejandría del escritor indobritánico Lawrence Durrell, encontré una frase que me remitió al atribulado bolero, solo que las palabras del autor se ubican en el amor y los síntomas de quienes lo padecen: "Me siento como si el cielo estuviera pegado a la tierra, y yo entre los dos, respirando por el ojo de una aguja".

Existe cierta coincidencia en la frase del asesino y la del escritor. Dudo que uno la haya copiado al otro, sobre todo cuando encuentras que las perlas literarias también pertenecen al fenómeno del homicidio y de quienes lo cometen.

A finales del siglo XIX llegó a Chicago Herman Webster Mudgett, conocido como H.H. Holmes, quien en 1893 estrenó un "castillo" en cuyo interior murieron al menos 27 personas.

Antes de ser ejecutado en la horca a los 34 años, Holmes declaró: "Nací con el diablo dentro de mí. No pude evitar el hecho de ser un asesino, como los poetas no pueden evitar la inspiración para escribir sus cantos. Nací con el maligno al pie de la cama donde vine el mundo y desde entonces ha estado conmigo".

Mientras mantuvo la esperanza de eludir la silla eléctrica, el asesino especialista en colegialas, Ted Bundy, era un tipo cínico que colocó un letrero escrito a mano en la entrada de su celda en el que se leía: "Cuidado, porque muerdo", en alusión a que la marca de una mordida suya en la nalga de una de las víctimas lo colocó en el corredor de la muerte.

Fue quizá su enorme ego el que lo orilló a comparar el homicidio con una clase de mecánica automotriz: "Aprender lo necesario para matar y hacerse cargo de los detalles es como cambiar una llanta... La primera vez tienes cuidado, pero después de 30 veces no puedes recordar dónde dejaste la llave de los birlos".

El británico Ian Brady, quien junto con su amante Myra Hindley, asesinó al menos a cinco niños, presumía una intelectualidad superior al resto de sus congéneres. Al referirse al episodio de Los Asesinatos de los Páramos, porque fue en la zona de páramos de Saddleworth donde inhumaron clandestinamente los cuerpos de los menores, señaló: "Contrario a la percepción popular, los así llamados Asesinatos de los Páramos fue solamente un ejercicio existencial que no duró más de un año y que concluyó en diciembre de 1964".

Entre 1978 y 1983, el escocés Dennis Nilsen acabó con la vida de 15 hombres, la mayoría vagabundos, cuyos cuerpos trozados terminaron en las cañerías. Fumador empedernido, mientras lo interrogaban y los ceniceros se llenaban, preguntó dónde podía tirar las colillas. "Tíralas en el excusado", gritó un agente. A lo que Nilsen respondió: "La última vez que hice eso me atrapó la policía".

Pero Nilsen colaboró con una frase que quedó inscrita con letras de oro en los anales del crimen británico: "Las emociones son las sustancias más tóxicas conocidas por el hombre".

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