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Vidas Ejemplares

El asesino que velaba a sus víctimas

José Luis Durán King

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En su adolescencia, Colin Ireland fue seducido por varios hombres mayores. Al llegar a la edad adulta, disfrutaba las relaciones con personas de ambos géneros, aunque siempre negó ser gay.

Al respecto, el criminólogo David Wilson señala: “Creo que las confesiones de Ireland muestran a un hombre en guerra con su propia sexualidad; no expresa remordimiento por lo que hizo, sino que muestra cómo intenta justificar y ofuscar su conducta”.

Para el psicólogo David Holmes, “resulta complejo determinar si Ireland era homosexual; él decía que no lo era. Esa especie de cortina de humo le permitía relacionarse con hombres homosexuales, y para limpiar su conciencia de que no era heterosexual, decía: ‘Yo mato a esta persona’”.

Entre marzo y junio de 1993, Ireland mató a cinco hombres. Viajaba de la ciudad de Southend a un pub de Londres llamado The Coleherne, donde los clientes ligaban parejas sexuales portando pañuelos de colores que indicaban el papel que les gustaba desempeñar. Ireland elegía a hombres con gustos sadomasoquistas, pues de esa forma podía controlarlos.

Colin Ireland, quien decía que era un humano razonable “60-70 por ciento del tiempo”, a los 37 años estaba a dos dedos de la indigencia, con dos matrimonios rotos y con un exceso de rencor social. Deseaba ser alguien en la vida, pero no sabía cómo. Su gran sueño de integrarse a la Legión Extranjera jamás trascendió las sábanas de su cama.

Admiraba a los asesinos seriales, sobre todo a Peter Sutcliffe, El Destripador de Yorkshire.

Los últimos meses de 1992 los dedicó a leer un libro del FBI sobre perfilamiento de conducta criminal de los asesinos seriales. Fue una epifanía. Como propósito de Año Nuevo decidió “empezar otra vez” y “abrazar una nueva carrera”: sería un asesino serial.

Frecuentó bares gay, donde fingía ser homosexual. El pub The Coleherne se convirtió en su coto de caza, sus cinco presas las contactó en ese lugar. La primera de ellas fue el coreógrafo Peter Walker. Era marzo de 1993.

La pareja salió del pub y continuó la velada en el departamento de Walker. Días después la policía recató del inmueble el cuerpo en proceso de descomposición del coreógrafo. Murió estrangulado.

Para sus ataques siguientes, Ireland cargó una maleta con su equipo de trabajo: cinta adhesiva, una navaja y cuerda.

Después de entablar plática con los hombres que elegía, Ireland proponía que buscaran un lugar más íntimo. De alguna manera los convencía de ir a terminar la noche en sus departamentos.

Una vez que esposaba a su presa con el señuelo del juego sexual masoquista, Ireland colocaba cinta adhesiva en la boca de su víctima mientras pensaba cómo matarlo. Algunos hombres murieron sofocados con una bolsa de plástico, otros fueron estrangulados.

Después de asesinarlos, Ireland encendía el televisor y pasaba la noche al lado de su víctima, comiendo lo que había en el refrigerador.

“Creo que me afectó mentalmente sentarme cinco o seis horas al lado de los cuerpos”, señaló en su confesión. En realidad, Ireland se acomodaba cerca de los cadáveres para ver en primera fila el proceso de descomposición. “Observaba cómo gradualmente se hinchaban, se enfriaban, no era algo con lo que podía lidiar, para ser honesto”, explicaba.

Ireland torturó, robó y asesinó a sus cinco víctimas, no tuvo relaciones sexuales con ellos. Él simplemente quería ser un asesino serial, por eso una vez que amanecía limpiaba a conciencia el departamento que había visitado y llamaba a algún periódico para informar su nuevo asesinato.

Una cámara de vigilancia condujo a su detención. Murió en prisión a los 57 años por “causas naturales”, de acuerdo con el certificado de defunción.

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