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Domingo , 24.06.2018 / 07:07 Hoy

Vidas Ejemplares

Drama mortal en dos actos

José Luis Durán King

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Éric Borel tenía 16 años cuando decidió declarar la guerra, primero al suburbio donde vivía, Solliès-Pont, para después dirigirse en auto a la ciudad de Cuers, de 7 mil habitantes, y continuar su masacre.

Los padres de Borel eran militares, quienes se divorciaron cuando su hijo aún no alcanzaba el año. Pese a que la madre, Marie-Jeanne Parenti, decidió quedarse con la custodia del niño, éste vivió hasta los cinco años en el hogar de los abuelos paternos.

Marie-Jeanne Parenti, que visitaba a su hijo con cierta regularidad, finalmente se hizo cargo de él, a quien llevó a vivir con su nuevo esposo y los hijos de éste, Franck e Jean-Yves Bichet, que siempre demostraron cariño a su hermanastro; sin embargo, la madre del niño no sentía ese mismo cariño y golpeaba frecuentemente a su hijo.

En las escuelas a las que asistió, Borel era un estudiante gris, poco participativo. Tuvo pocos amigos. Uno de ellos fue Alan Guillemette, de 17 años, un condiscípulo en la carrera técnica de electromecánica. Fue a Guillemette a quien Borel le avisó que tenía intención de suicidarse, aunque nunca le comentó qué planes tenía antes de quitarse la vida.

La tarde del 23 de septiembre de 1995, la villa de Solliès-Pont, cerca de Toulon, Francia, respiró el aliento de un asesino masivo. Éric Borel llegó a su casa. Su padrastro, Yves Bichet, estaba en la cocina. El hombre recibió cuatro disparos de un rifle calibre .22 antes de que su cráneo fuera machacado con un martillo.

Jean-Yves Bichet, de 11 años, veía la televisión. Nunca se dio cuenta cuando su hermanastro se le acercó. Los disparos que recibió en la cabeza quizás apenas los sintió. También su cabeza fue machacada con el martillo.

Mientras esperaba a que su madre llegara a casa, Borel limpió las manchas de sangre en piso y paredes. Marie-Jeanne Parenti enfrentó su destino final cerca de las 8:30 de la noche. La mujer, posiblemente por ser la madre del adolescente, solo recibió un disparo en la cabeza.

Una vez cerrado el capítulo familiar, Borel abordó el auto de la familia. Su escasa experiencia como conductor derivó en un choque en una de las calles de Solliès-Pont. Ahí dejó la unidad y al parecer pasó el resto de la noche en un viñedo.

A las 7:15 de la mañana del 24 de septiembre, Borel llegó a la casa de su amigo Alan Guillemette, quien aún dormía. Su madre lo despertó para decirle que Borel lo esperaba afuera. No se sabe qué platicaron los adolescentes, pero cuando Alan dio la espalda a su amigo recibió un disparo en la cabeza.

Alan fue llevado al hospital. Antes de morir dijo a la policía que su amigo le había comentado sobre sus intenciones de suicidarse, pero que ignoraba por qué le había disparado. Las autoridades aún no encontraban los cadáveres de los familiares de Borel.

La gente que vio caminar a Borel con el rifle al hombro recuerda a un joven tranquilo, un tanto ausente, que simplemente buscaba dispararle a “todo lo que se moviera”. Al asomarse a la ventana de una casa vio a una mujer a través de una ventana. Le disparó. El ama de casa murió minutos después.

A otra mujer, que sacaba la basura al depósito de la calle, también la hirió mortalmente. Una pareja de ancianos que caminaba en la calle fue asesinada por Borel. Igual sucedió con dos hermanos que se cruzaron en su camino.

En dos días, en diferentes horas, Éric Borel asesinó a 11 personas. Cuatro más morirían en el transcurso de unos meses.

El reloj marcaba las 8 de la mañana cuando la policía cercó las rutas de escape de Borel. El menor, al darse cuenta que estaba rodeado, caminó sin perder la calma hacia un ciprés, se sentó, colocó el cañón del rifle en su boca y accionó el gatillo. Tenía 16 años.

operamundi@gmail.com

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