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Domingo , 23.09.2018 / 15:19 Hoy

Vidas Ejemplares

Dos veces sentenciado a muerte

José Luis Durán King

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Chester Turner fue un monstruo de enorme apetito sexual que acabó con la vida de más de una decena de mujeres en una época en la que en la ciudad de Los Ángeles, Estados Unidos, los homicidas seriales hacían cola para ganar los titulares de los periódicos.

William Bonin, Richard Ramírez, Ed Kemper, los primos Bianchi y Buono, Vaughn Greenwood y por supuesto el mencionado Turner trabajaron con prisa y sin pausa para que la ciudad californiana fuera denominada “la capital del asesinato serial en el mundo”.

Turner, un repartidor afroamericano de pizzas, montó su obra letal en los años 80 y 90. Era un bebedor compulsivo, un tipo violento, visitante asiduo de los distritos rojos angelinos y descuidado al momento de atacar.

Pero también fue un criminal prácticamente invisible para la gente que lo conocía, para la policía y para los medios. Y la suerte estuvo de su lado por mucho tiempo. Incluso una vez fue grabado por una cámara de vigilancia mientras violaba a una vagabunda retrasada mental, solo que su rostro no fue captado por el dispositivo.

Esa indiferencia lo acompañó cuando comenzó su juicio después de que fue detenido, en septiembre de 2003. Pese a ser quizás el homicida más prolífico de Los Ángeles, la sala de la Corte estuvo prácticamente vacía.

Para Jeff Victoroff, profesor de neurología y psiquiatría de la Universidad del Sur de California, la explicación de ese fenómeno tiene que ver con el hecho de que las víctimas de Turner fueron mujeres de origen afroamericano, adictas, pobres, damas proscritas por la historia, lejos de las glamurosas rubias de extractos clasemedieros.

Para quitar presión por el alto índice de mujeres afroamericanas asesinadas o consecuencia de investigaciones mal llevadas, las autoridades detuvieron a un hombre llamado David Allen Jones, de 28 años, quien estuvo 10 años en prisión por una cadena de homicidios en la que no participó.

La violación de María Martínez en 2003 finalmente condujo a la policía a enmendar su error. El cotejo de la muestra de semen con los líquidos recabados en las mujeres asesinadas desembocó en la detención de Chester Turner y en la liberación de David Allen en 2004.

El 30 de abril de 2007 Turner fue sentenciado a muerte por el asesinato de 10 mujeres, incluyendo el de una que estaba embarazada, caso en el que le añadieron 15 años al homicida por la muerte de un bebé no nacido, pero que al momento de morir junto con su madre tenía seis meses y medio de gestación.

Pero la maquinaria punitiva no se detuvo y un grupo de agentes continuó trabajando en más de 100 expedientes de casos fríos.

En junio pasado, la policía de Los Ángeles anunció que Chester Turner, de 47 años, huésped del corredor de la muerte, es responsable de haber asesinado a Cynthia Annette Johnson, de 30 años; Elandra Bunn, de 33; Mary Edwards, de 42, y Deborah Williams, de 28, quienes murieron en manos del entonces repartidor de pizzas durante una época en que el consumo de crack fue epidémico y que arrojó a muchas mujeres a la prostitución como un medio para costear su adicción.

Con la adenda de los cuatro asesinatos, un jurado de Los Ángeles determinó la aplicación de la pena de muerte para Chester Turner, no obstante que un veredicto similar fue determinado en 2007.

La declaración de una mujer llamada Gwendolyn Cameron resume el sentir de algunos de los familiares de las víctimas: “Estoy feliz”, señaló. “Se ha hecho justicia. Él es un animal, no tiene alma”.

Dianna Bright, hermana de una mujer que fue tirada en el estacionamiento de un hotel, más relajada, añadió: “Podemos respirar ahora y seguir adelante. Es un gran alivio para mí”.

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