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Martes , 23.10.2018 / 12:07 Hoy

Vidas Ejemplares

Asesinos y sus trofeos: recordar es vivir

José Luis Durán King

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El 25 de marzo de 1992, la policía de Filadelfia arrestó al actuario Edward Savitz, de 50 años, acusado de abuso sexual de menores, asalto indecente y corrupción de menores.

La revisión del departamento del Tío Ed, como lo llamaban los adolescentes que acudían voluntariamente al departamento número 25 de un lujoso edificio en el centro de Filadelfia, arrojó material incriminatorio de casi 5 mil fotografías de adolescentes varones desnudos y 312 bolsas, las cuales contenían calzones con manchas de excremento.

La Unidad de Crímenes Sexuales de la policía local, asimismo, tenía en su poder una grabación que mostraba al Tío Ed ofreciendo 15 dólares a un adolescente para que se dejara practicar sexo oral. De acuerdo con testimonios de los menores posteriormente recabados por las autoridades, Savitz también pagaba por sexo anal.

Tras el arresto de Savitz, la policía local dio a conocer que el actuario padecía sida desde hacía varios años, información que causó un pánico sanitario en Filadelfia, ya que se contaban por cientos los muchachos que tuvieron relaciones sexuales den el Tío Ed.

Ed Savitz adoraba el olor a excremento, el aroma de los calzones sucios de los adolescentes, a través de ellos revivía sus aventuras sexuales con adolescentes, que irónicamente, lo buscaban con devoción, pues era el único que les compraba tenis, ropa deportiva, walkmans.

Savitz no era un asesino serial, pero reverenciaba los trofeos que le dejaban sus tiernos amantes; sin embargo, son legión los delincuentes que arrebatan a sus víctimas los fetiches que rebobinarán el placer sexual de un crimen.

Desde niño, Jerry Brudos estaba obsesionado con los zapatos de las mujeres. Años después, atacó a varias de ellas simplemente para robarles los zapatos. Al escalar su violencia, Brudos asesinó al menos a cuatro.

De una de ellas conservó un pie con parte del tobillo. Los zapatos que robaba a sus víctimas los medía con su patrón de perfección. Al ser capturado, la policía recuperó diversas partes corporales en el garaje, no solo pies.

Brudos pasó 37 años en una prisión de Oregón, donde murió a causa de un cáncer de hígado en 2006. Por más de tres décadas coleccionó montañas de catálogos de zapatos femeninos, a los que él llamaba un “sustituto” de la pornografía.

El británico John George Haigh sentía un gusto peculiar por la sangre humana. Antes de asesinar a seis personas, las drenó un poco para degustar ese “tinto” que lo extasiaba.

Todas las víctimas fueron disueltas en ácido sulfúrico. Las propiedades de las personas pasaron a las manos de Haigh mediante firmas falsificadas.

Haigh vendía los inmuebles “heredados”. Conservaba como trofeos joyas y prendas de vestir de las víctimas. Solo que en el caso del médico Archibald Henderson y su esposa Rosalie, el asesino decidió conservar el mayor de los tesoros del matrimonio: un perro.

El 13 de julio de 1970, Stanley Dean Baker fue arrestado en una autopista de California. Baker traía un frasco con pastillas de LSD y una Biblia satánica en el asiento trasero. Pero los patrulleros traían la foto de Baker como sospechoso de dos homicidios.

El joven sabía que su libertad estaba amenazada. Los nervios lo traicionaron, por lo que decidió confesar que padecía un trastorno que justificaba los dos asesinatos. “Lo siento mucho. Tengo un problema: soy caníbal”.

Su sinceridad no evitó la detención. Al ser registrado en el cuartel policíaco, los uniformados comprobaron que Baker tenía razón: hallaron en las bolsas de su chaqueta unos huesitos ahumados parecidos a las alitas de pollo, solo que eran los dedos de una de las víctimas, que el individuo conservaba para cuando le diera hambre.

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