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Jueves , 18.10.2018 / 11:32 Hoy

Los inmortales del momento

Seis historias de aparición y desaparición

José de la Colina

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En la naturaleza del cuento corto está el ser caprichoso, imprevisible e impuntual. No le gusta ser citado, previsto, preparado. Simplemente aparece... o no aparece. Pero en el caso de que aparezca, suele ocurrir hacia el alba, y entonces titila como en un parpadeo entre ser y no ser, y solamente gracias a tu astucia, a tu oficio, a tu arte de escritor, o a tu buena suerte, podrás atraparlo. De modo que el cuento (y más si es minicuento o macrocuento) viene a ser un fantasma que frecuenta la frágil luz entre el día y la noche, sean éstos simbólicos o reales.

Así me ocurrió con estas cinco breves historias.

La no recomendable magia del olvido


—No existirás ya más para mí ni para nadie —dijo Luisa a Pedro—. Te olvidaré tan intensamente que dejarás de existir.

Y lo olvidó tan intensamente que Pedro ya no existió más.

Pero como Luisa ya era solamente un recuerdo de Pedro, a su vez desapareció del mundo.

De Narciso y el espejo

En todas partes donde encontraba un espejo se detenía largo rato a contemplarse, pero su mala suerte quiso que un día encontrara un espejo vampiro, en el que se miró y admiró tanto rato que su mismo reflejo lo fue sorbiendo, nutriéndose de él y creando en el cristal su imagen cada vez más hermosa pero más evanescente, hasta que el Narciso de carne y hueso desapareció y desde entonces el espejo solo refleja una habitación sin nadie.

De un abismo de la música

El guitarrista desprevenido, mientras en las cuerdas sus dedos ejercían un bello dedear que lo tenía embelesado, se inclinó tanto hacia la negra boca, o negro agujero umbilical del instrumento, que perdió el equilibrio y cayó allí como en un pozo, y si al principio se asustó, luego, poco a poco, se halló a gusto, deleitado con la melodía que otro, ¿quién?, continuaba dedeando.

De los peligros del espejo

En la alta noche propicia a la duda, al insomnio, al delirio y la alucinación, cuando te miras al espejo y, sintiéndote aburrido de encontrar el mismo rostro de siempre, haces unas cuantas muecas para distraerte un poco (como si te pusieras una cambiante máscara de carnaval), ocurre una suerte de silencioso clic en tu pensamiento y empiezas a asustarte preguntándote quién es ese que desde allí te mira, qué estará pensando, por qué también él parece estar asustado tras las muecas bufonescas y cuál de los dos, es decir Tú o el Otro Tú, es el que verdaderamente existe, y entonces, antes de que te arrebate el vértigo, corres como un niño aterrado a tu habitación a meterte en la cama y a taparte la cabeza con la manta, y, sin poder dormir, te dedicas a temblar por toda la noche en espera de que llegue la quirúrgica luz de cuchillo del alba, porque te has dado cuenta de que allí, ante el espejo, has creado un Tercer Tú, un radicalmente desconocido monstruo de enormes ojos irónicos, un demonio de la alta noche que piensa y te hace pensar en extrañas quimeras que a veces se revelan como tuyas y que ni la quirúrgica luz del alba habrá de disolver.

De Eurídice, cuando Orfeo...

Habiendo perdido a Eurídice, la lloró largo tiempo, y su llanto fue volviéndose canciones que encantaban a todos los ciudadanos, quienes le daban monedas y le pedían encores. Luego fue a buscar a Eurídice al infierno, y allí cantó sus llantos y Plutón escuchó con placer y le dijo:

—Te devuelvo a tu esposa, pero solo podrán los dos salir de aquí y perdurar si en el camino Eurídice te sigue y nunca te vuelves a verla, porque ella desaparecería para siempre.

Y echaron los dos esposos a andar, él mirando hacia delante y ella siguiendo sus pasos...

Mientras andaban y a punto de llegar a la salida, recordó Orfeo aquello de que los Dioses infligen desgracias a los hombres para que tengan asuntos que cantar, y sintió nostalgia de los aplausos y los honores y las riquezas que le habían logrado las elegías motivadas por la ausencia de su esposa.

Y entonces con el corazón dolido y una sonrisa de disculpa volvió el rostro y miró a Eurídice.

De una reversión

El fantasma del caballero Ele, que por amor a la rapidez y por mantenerse en forma había estado ejercitándose con éxito en hacer sesenta apariciones por segundo, descubrió un día con horror que se había convertido en el caballero Ele otra vez vivo.

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