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Domingo , 17.06.2018 / 18:21 Hoy

Los inmortales del momento

Saint-Denys y el ‘ensoñador’ Buñuel

José de la Colina

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Si el Islam sacralizó sus viejas prácticas de incubación y de dirección de los sueños, como por ejemplo en el rito canónico istiqâra, el Occidente cristiano se opuso a ello. La Iglesia católica (esa tan longeva y poderosa empresa de apropiación de las almas) nos prohibía el sueño erótico y orgasmático. Así lo proclama en canto llano el bello y tenebroso himno Te lucis ante terminun ("Tú, antes de que termine el día, arroja de tí los sueños/ y los fantasmas nocturnos./ Aleja a nuestro Enemigo/ para que el semen no manche tu cuerpo.")

Pese a todo, por la Edad Media corrió una moralmente incorrecta afición a los sueños deseados y provocados, pero solo ocurría dentro de los malditos espacios de la brujería y del satanismo. Hubo que esperar al siglo XIX para ver reaparecer intentos de conducción del soñar como los del marqués Hervey de Saint-Denys en su obra de 1867: Los sueños y el modo de dirigirlos.

En París, en la segunda mitad del siglo XIX, en su casa de la elegante Place de Vosgues, el susodicho marqués, rico, gotoso, erudito y poeta précieux, ocupaba parte de sus ocios en anotar y describir, en seiscientos folios de fina caligrafía, nada menos que mil novecientos sueños o fragmentos de sueños que, según decía en su retórica dieciochesca, había recibido de Hipnos, el ancestral dios del sueño. Ocurría que, desde el comienzo de su habitual actividad onírica, el marqués se había interesado no en el significado de las imágenes que los sueños le ofrecían, ni en las posibles relaciones de éstos con su vida de sospechable obseso sexual, sino en el modo en que se podría, según la voluntad quisiera, manejar la "narrativa" de los sueños. Quería, digamos, gozar de sueños hechos a la medida y en el modo de sus deseos.

Estudiando la crónica de su ocupación onírica, que es de sospechar fuese su única ocupación en la vida, aparte del galanteo a señoritas y señoras (casi siempre infructuoso) y la confección de versos (demasiado floridos), intuyó el marqués que podría poner en práctica un método de asociación de sensaciones, imágenes e ideas, con el fin de convertirse en el capitán de su subconsciente... aunque por supuesto no usaba tal palabra, pues el doctor Freud, entonces adolescente, aún no acuñaba esa turbia moneda. Anticipándose al inventor del psicoanálisis, Saint-Denys pensaba que no se sueña nada que no se haya vivido o querido vivir, y en lugar de decir esto en llana lengua francesa, lo puso en marmóreo latín, que siempre es más culto e impresiona más: Nihil est in visionibus somniorum quod non prius fuerit in visu. En consecuencia, pensaba que el soñar, ese asunto inmaterial e interior del hombre, requería ser ayudado por circunstancias y cosas de la realidad cotidiana y circundante, o, en otras palabras: debía ser provocado, estimulado, condicionado, por los datos sensoriales que exigiesen a los poderes oníricos hacer sus escenificaciones. He aquí cómo André Breton describe uno de esos "experimentos" con su propia amplia y sinuosa prosa (menos florida, sin embargo, que la del marqués):

"Obteniendo de un director de orquesta por entonces de moda que dirigiera exclusivamente y de manera sistemática la ejecución de dos valses determinados en aquellas ocasiones en que debía bailar con dos damas que lo atraían, y estando cada uno de dichos valses en cierto modo dedicado y rigurosamente reservado a cada una de ellas, arregló luego para una hora matinal la reproducción en sordina de cada una de esas mismas piezas por medio de un ingenioso dispositivo compuesto de una caja de música y un reloj despertador, y de ese modo logró hacer que apareciese en sus sueños una u otra de tales damas", etcétera.

El experimento es preciso y precioso, pero me pregunto si el método habrá sido eficaz, es decir, si el soñador marqués no faroleaba un poco con meros wishful thinkings. Me remito al testimonio de un surrealista, el cineasta que acaso más y mejor habrá hecho intervenir lo onírico en su obra: Luis Buñuel.

En 1975.1976 Tomás Pérez Turrent y yo, para el libro de entrevistas Luis Buñuel/Prohibido asomarse al interior, nos referimos a su película Ensayo de un crimen, en la que hay una cajita de música y un vals, inspiradores de la lujuria y la criminalidad del protagonista. Le leí a don Luis el relato de Breton sobre la experiencia del marqués, y cineasta esencialmente dijo:

—El sistema de Saint Denys no me convence: es demasiado mecánico y no creo que funcione. En mi película, la cajita con el vals es solo un recurso narrativo, pues los sueños no se pueden dirigir. Quizá el olor a gas de este encendedor me provoque esta noche un sueño en que aparezca mi amada y me otorgue sus favores; y, en cambio, también es posible que el olor de la ropa íntima de mi amada, puesta sobre mi rostro mientras duermo, produzca en mi sueño no a ella sino a un elefante que pasea en la selva. El soñar tiene giros imprevisibles y es inmanejable. Creo que es mejor la ensoñación: la réverie. Y prefiero la ensoñación, porque, hasta cierto punto, ese "soñar despierto" sí podemos conducirlo.

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