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Lunes , 10.12.2018 / 01:33 Hoy

Los inmortales del momento

Renato Leduc, el "Gran Jefe Pluma Blanca"

José de la Colina

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Toda la vivaz y sabrosa plática de Renato Leduc (1895—1986), su modo de contar su vida, su hablar de los amigos y de los políticos, y de todo y de algo más, era un gustoso anecdotario florecido de palabrotas (las cuales en las entrevistas de la televisión le anulaban sustituyéndolas por irritantes pip-pip-pips). Contando sencillamente lo vivido por él y algunos, ponía en pie un personerío/personajerío en el que buscaba ser un mero figurante (o un “extra”), evitando en lo posible mucho de la primera persona del singular y el ponerle crema a sus tacos.

Llegaba con paso fuerte y tranquilo de hombrazo con el compás de las piernas bien abierto sobre el cabuz de un vagón de ferrocarril a toda marcha (como en la época en que, casi un chamaco, anduvo de telegrafista de las tropas villistas en trenes de la revolufia). Y apenas depositaba el corpachón en una silla, merecía el apodo de Gran Jefe Pluma Blanca; se le veía como el viejo y sabio chamán dispuesto a desembuchar la heroica o cómica o heroicómica historia o leyenda de la tribu suya y de las tribus paralelas o secundarias: la crónica de la bohemia literaria y periodística, de la farándula, del burdel, de la taurinería, de la truhanería pululante en el gobierno, y más y más…

Con su cabezota de melena blanca solía ser el centro de un público de colegas periodistas, contertulios de cantina, chícharos de redacción y meseros y borrachitos despegados de la barra y atraídos por el cuento, e iba entretejiendo con fluidez asombrosa su crónica de más de tres cuartos de siglo vividos a través de México y de algo de Europa, y al tiempo que lo veías entregado a sus demonios de artista de la conversación, de maestro de la bohemia, lo imaginabas, como él decía, “culiatornillado” ante la máquina de escribir para teclear sus vivas páginas de articulista en quién sabe cuántos medios impresos que honraba con la “gracia bajo presión” (diría Hemingway) de su oficio de periodista, es decir, de historiador de lo inmediato.

Lo conocí en la redacción de la revista Política —altos del cine Bucareli, en la vía del mismo nombre—, donde él no colaboraba pero que visitaba con frecuencia. Quizá por efecto de su robustez, su morenía, sus canas y su merecido mito (ya Pepe Alvarado había escrito que “cada mañana inauguraba una leyenda y cada noche la dejaba morir”), lo vi a la vez antiguo e intemporal, y me preguntaba si sería el mismo Renato autor de versos de humorismo e ironía, a veces ferozmente pornográficos y trabajados con exquisita orfebrería verbal. Como la mayoría de sus admiradores, conocía yo su obra poética gracias a recitaciones y copias mecanográficas, pues durante mucho tiempo sus poemas fueron inhallables en libros. Alguna vez, siendo muchacho, le plagié, para una bella otoñal, su “Epístola a una Señora que Nunca en su Vida conoció Elefantes”:

“En realidad los elefantes/ no tienen la importancia que nosotros les dimos/ antes./ Los elefantes son, más comúnmente, grises:/ a veces son gris-rata, a veces son gris-perla/ y tienen sonrosadas, como usted, las narices (…)”.

También te habías jactado, en aquella irretornable muchachez, de ser el autor de su famoso soneto “Aquí se habla del tiempo perdido”, casi enteramente rimado con la palabra tiempo, pero pronto te delataron las innumerables victrolas y estaciones radiofónicas que lo emitían en las voces de un dulzón trío bolerístico:

“Sabia virtud de conocer el tiempo;/ a tiempo amar y desatarse a tiempo;/ como dice el refrán: dar tiempo al tiempo,/ que de amor y dolor alivia el tiempo./ Aquel amor a quien amé a destiempo/ martirizome tanto y tanto tiempo/ que no sentí jamás correr el tiempo,/ tan acremente como en ese tiempo./ Amar queriendo como en otro tiempo/ —ignoraba yo aún que el tiempo es oro—/ cuánto tiempo perdí, ¡ay!, cuánto tiempo./ Y hoy que de amores ya no tengo tiempo,/ amor de aquellos tiempos, cómo añoro/ la dicha inicua de perder el tiempo…”.

En el año 2000 salió la incompleta pero agradecible Obra literaria de Renato Leduc, editada por el Fondo de Cultura Económica, con nota de introducción de Edith Negrín y con prólogo de Carlos Monsiváis. El necesario aunque tardío volumen de 752 páginas reunió lo que, con alguna prescindencia de textos escuetamente periodísticos, se considera la porción literaria del Gran Jefe Pluma Blanca: no solo los poemas ya recopilados en algún libro agotado, más los inéditos, los políticamente agresivos y los violentamente obscenos (p. ej. el poema épico-cómico “Prometeo sifilítico”), y algunos inclasificables textos en prosa: Los banquetes y El Corsario Beige (que no son lo mejor de lo suyo), y las excelentes crónicas de la Historia de lo inmediato, donde hay una obra maestra: “El canciller y las vikingas”, sonrientes memorias de diez años de autoexilio europeo previo a la Segunda Guerra Mundial, más los 61 artículos de Cuando éramos menos: recuerdos de la primera juventud, de las embriagueces, la revolución y los amigos: un anecdotario amable y a veces acre en que sintéticamente viven monstruos sagrados como Agustín Lara y María Félix o algún presidente momentáneo, tratados de cerca o de lejos en el gran modo cronístico del Gran Jefe Pluma Blanca: el señor de la gran tribu unipersonal que fue Renato Leduc.



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