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Martes , 23.10.2018 / 00:29 Hoy

Los inmortales del momento

Nostalgia de la "CHELA" (¿perdida para siempre?)

José de la Colina

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Pushkin se preguntaba: "¿Dónde se está mejor?", y se respondía: "En otra parte, siempre en otra parte". Quizá sin conocer la frase del poeta ruso, el muchacho Pedro Miret, allá por los años cincuenta y desde Acapulco, donde aburridamente vacacionaba contando olas y granos de arena, le enviaba al muchacho Juan Almela, que todavía no se transformaba en Gerardo Deniz, un telegrama de una línea: "GANAS DE VOLVER A MÉXICO PARA OÍR LA CHELA".

Y es que para Miret, para Almela, para mí y para tantos de nuestra generación, y de las cercanas, la CHELA, es decir la XELA, era un paraíso al alcance del oído. Era, en la radio, la justificadamente autollamada Estación de la Buena Música Desde México, un vario jardín sonoro que flotó sesenta y un años en las ondas de la radiotelefonía sin hilos: desde el 5 de julio de 1940 hasta el 31 de diciembre de 2001 en que la gran fotógrafa Paulina Lavista, hija del autor musical Raúl Lavista y esposa de Salvador Elizondo, me asestó en correo electrónico la mala noticia: ¡La CHELA ha muerto!

¡Muerta la CHELA! La noticia me entristeció como si acabaran de morir mi niñez y mi adolescencia. Herido de nostalgia, recuerdo cómo a mediados de la década de los cuarenta, tal vez en días en que aún crepitaba terminalmente la Segunda Guerra Mundial, yo, a los 10 u 11 años de edad, me levantaba por la noche de la cama y sigilosamente, para no despertar a mis padres, iba al comedor y prendía la radio (una de aquellas radios como una catedralita: de caja de madera, de bulbos, de cuadrante iluminado con luz amarilla), y, sintonizándola en bajo volumen, pegaba a ella el oído y la escuchaba por más de una hora, pasando con el girar del dial de una estación en otra. Y así, una noche, por azar, oí a un locutor anunciar el Concierto Varsovia con voz elegante y algo pomposa (que en la XELA sería la misma durante muchos años y a la que reconocería inmediatamente si la oyese hoy).

Y gracias a la XELA, y desde el casi rachmaniniano mencionado concierto de Addinsell y otros fáciles asuntos musicales (¡ah, aquella Suite del Gran Cañón de Groffé, con su hollywoodense tormenta y con la ridícula imitación del paso de una mula!; ¡ah, aquellos tan melodiosos como folclóricamente empalagosos Esbozos caucasianos de Ivanov!), trasbordé, en la escala de los gustos, a Tchaikovski, Saint-Saëns, Dvorak, Rimski Kórsakov, Rachmaninov, y desde éstos, y para siempre, a los supremos: Mozart, Beethoven, Schubert, Chopin, Brahms, Debussy, Ravel, Stravinsky, Bartok, etcétera, y gocé de la gran música pianística española: Albéniz, Granados y Falla (solo les faltó, supongo, emitir al maravilloso Mompou), y además gusté de obras de los que considero, valga el oxímoron, como "pequeños grandes": Chausson, Delius, Elgar, Gershwin, Revueltas, Villalobos, Schömberg, Satie, etcétera. No olvido algunas piezas de delicia: el Soupir de Liszt, The Lark Ascending de Vaughan Williams, el Adagio de Barber, y los sombríos valses mexicanos, para mí entre los más bellos del género... Etcétera.

Tampoco puedo dejar de evocar la emoción (equiparable a la de mi descubrimiento paralelo de la XELA y la música) con que oí el Poème de Chausson, interpretado al violín, como nadie volverá a hacerlo, por Fritz Kreisler en un concierto recorded live from a BBC Broadcast on 19/1/1948, versión que ahora poseo grabada y que, quizá por el crispado "ambiente de época" —primeros años de la posguerra en Londres— prefiero sobre otras técnicamente mucho mejor reproducidas.

Es decir que la XELA, con su cotidiano Concierto de las Tres de la Tarde, con su Hora Sinfónica de la Medianoche, cuyos patrocinadores eran, respectivamente, una cerveza y un ron, fue mi iniciadora en el amor al "arte al que aspiran todas las artes" en tiempos en que yo carecía de recursos para adquirir tocadiscos y discoteca y para asistir a los conciertos... aunque alguna vez lograba, con más peripecia que pericia, colarme a los del Palacio de las Bellas Artes.

A la XELA —bendita sea, ¡y que vuelva!— le debí además el comienzo digamos literario de mi pequeña aunque tal vez bastante presentable cultura musical, pues además de su radiofonía ofrecía a sus fieles oyentes el libro Invitación a la música. Aún tengo ese manualito redactado entre Noel Lindsay y Salvador Novo, e ilustrado con viñetas en las cuales elementales retratos de compositores alternan con instrumentos musicales y botellas de ron de la famosa marca del murciélago.

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