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Sábado , 15.12.2018 / 22:37 Hoy

Los inmortales del momento

Marilyn Monroe

José de la Colina

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La muchacha rubia, horizontal, de ojos semicerrados y labios entreabiertos, vestida solo con las aguas de una catarata que en la primera mitad de los años 50 invadió el mundo en carteles y anuncios espectaculares de promoción de la película Niágara, estaba destinada a ser tanto una apoteosis como una variante en la serie de los objetos sexuales emitidos por la fábrica de sueños de celuloide. Fue la imagen imantada de los deseos, como lo habían sido Greta o Marlene o Rita desde que apareció con la cabellera rubia (otra catarata de oro), con la piel lujosa y fulgurante, y el cuerpo que ondulaba aun en la quietud; pero si su rostro era luminoso, no ejercía los prestigios del misterio ni de la feminidad imperialista y fatal, como aquellas anteriores divas del cine. No ejerció de vampiresa ni de esfinge ni de diosa, y era más cercana a las sencillas aunque espléndidas Vargas Girls o a los modelos encarnados por Esther Williams o Betty Grable y por la linda caricatura Betty Boop.

Aun con todo su esplendor parecía capaz de descender de la pantalla para avecindarse con el espectador en la butaca adjunta o estar disponible al azar de los encuentros en cualquier esquina de una gran ciudad. Su belleza, además de visible, parecía ser tangible por una inmediatez de la piel que trascendía la superficie plana de las pantallas. Billy Wilder, su director en dos obras maestras de él y de ella (The Seven-Year Itch, Some Like It Hot), dijo: “Es de esas chicas cuya carne da en la fotografía como carne, y el espectador siente que puede alargar la mano y tocarla”.

Virtual cercanía, ilusión de accesibilidad y tono de disponibilidad fueron sus atributos. Había nacido Norma Jean Baker y Hollywood la rebautizó Marilyn Monroe para que las emes y las enes dieran una calidez cremosa a la ere y a la ronroneante erre. Así, la M de su nombre y apellido, y de mujer, música y mar, habría de estar también en el frenético homenaje que le hizo Luis Goytisolo al transcribir el sonido de un beso succionador y explosivo: “¿Cómo referir el erotismo de Marilyn Monroe a nuestra propia neurosis? Por ejemplo, así: ¡Muaaaaaaah!”.

Sus películas de meritoria trepadora hacia el star system, las de los comienzos de los 50, la destacan como una pequeña pero intensa gratificación visual. Ya un personaje, en Monkey Business, honraba sus semiesferas posteriores lanzándoles un chorro de agua de sifón tan magníficamente obsceno como el chorro de vapor que hacia su trasero, bien columpiado en el famoso “andar horizontal” monroniano, emitirá una jadeante locomotora en Some Like It Hot. Y es que Marilyn no solo conquistaba hombres: también sifones, trenes, subways, grandes barcos, lo que fuese. Siendo ya estrella, en Seven Year Itch, el metro subterráneo le levantará y le hará aletear la falda con un cálido soplido, y en Gentlemen Prefer Blondes todo un buque trasatlántico le servirá de fastuoso cinturón cuando ella intente pasar por una claraboya y quede atorada por causa del hermoso nalgatorio.

El rojo le sentaba bien a la Monroe: ya le enmarcaba el cuerpo esbelto y los cabellos solares en aquella previa foto de pin-up girl en que no tenía puesta otra cosa que la radio, y por esa imagen, esparcida a todos los puntos donde latía el imperialismo estadunidense, los boys que (sin saber por qué carajos) combatían en Corea la llamaron Miss Flamethrower (Señorita Lanzallamas). Su irresistible asalto al estrellato fue en 1953 con Niágara, en la que aparece como una asesina sensual y cándida que camina (aunque caminar es un verbo pobrísimo en este caso) con el famoso vestido rojo incendiador de la pantalla, del público, including me.

En Gentlemen Prefer Blondes el halcón Hawks la asoció y enfrentó, rubísima, a la superhembra morena Jane Russell. Ganó Marilyn, y durante un número bailado y cantado (“Los diamantes son los mejores amigos de una muchacha”) los caballeros la premiaban adornándola con una Vía Láctea de joyas. Tal vez no exista en toda la filmografía de Marilyn una película en que muestre mayor alegría de vivir, y su resplandor sobró para darle gracia a Jane Russell, que no la tenía.

Pero quiero terminar sin hablar del fango terminal de la Marilyn de la nota roja, del periodismo amarillo, de la sucia maraña política-policial, que es absolutamente extraña para mí. Me quedo con la muchacha piropeada por trenes, sofaldada por el soplo del subway, ceñida por trasatlánticos, vestida solo de su blanca piel, de su cabello flameante, de Chanel número cinco y música de la radio: la señorial nadadora en un fogoso mar de seda roja, como en la foto del calendario por excelencia. La Marilyn blanca, dorada, sonriente, viva, aun cuando solo sea en la inmortalidad virtual del cine.



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