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Lunes , 12.11.2018 / 13:17 Hoy

Los inmortales del momento

Magritte y el hombre que se mira la nuca

José de la Colina

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Un célebre cuadro del pintor belga René Magritte (Lessines, 1898-Bruselas, 1967), pintado en 1937 con un minucioso y algo relamido realismo casi fotográfico, admite un primer título que el artista tramposamente ofreció a quienes, desconcertados, habríamos de contemplarlo: Retrato de Mister James. Tiene, en efecto, algo de retrato: muestra a un hombre, el tal mister James de esbelta figura, de cabello elegantemente ondulado, de rostro invisible para nosotros, contemplándose, quizá sereno aunque absorto, en un gran espejo de pared al pie del cual, en la repisa de mármol, yace el libro que quizá el personaje o el pintor estaban leyendo en ese año y cuyo título es legible casi sin necesidad de lupa: es una edición francesa de Las aventuras de Arthur Gordon Pym, la novela fantástica que Edgar Allan Poe, aficionado a mistificar a sus lectores, que presentó como la crónica de un real viaje por mar. Y hay un segundo título del cuadro que más bien parece una irónica conminación a respetar el copyrigth de la obra: “Reproducción Prohibida”.

En ese cuadro, y en otros de Magritte, todo parece atenerse a las apariencias generalmente asumidas de “la realidad”, pero hay un detalle perturbador de nuestra habitual percepción de cualquier obra de arte, y es que allí el dizque retratado se mira a sí mismo como de ningún modo podría verse en un espejo real: en el reflejo está de espaldas, en lugar de estar “de frente”, cuando es de suponer que debería reflejarse tal cual aunque con izquierda y derecha invertidas. (Para verse la nuca tendría que usar dos espejos, pero no es el caso.)

Magritte, abundantemente autorizado por André Breton como uno de los surrealistas mayores, no es tanto un pintor mágico, o siquiera un “realista mágico”, sino un pintor que plantea interrogantes a la pintura como supuesta copia de la realidad y que cuestiona al modelo exterior, el del mundo de lo visible. Se diría que bajo su sombrero hongo de correctamente trajeado oficinista belga (tal como se “retrató” tantas veces, según lo documentan fotografías), el pintor, menos alucinado que alucinante, pintaba sus cuadros para lanzarle perturbadoras preguntas al contemplador de obras pictóricas. ¿Por qué un castillo sólidamente erigido sobre una gran roca no flotaría permanentemente en el aire, igual que una de las vagarosas nubes? ¿Por qué en la ciudad magrittiana, en lugar de llover como la madre Naturaleza manda, cae una lluvia de hombrecitos, todos con magrittianos sombreros hongos? ¿Por qué una enorme montaña de forma de águila gigantesca, como el ave Rok de Las mil y una noches, no pondría y anidaría huevos? ¿Por qué si se disparase a la sien de un busto de mármol la sien sangraría? ¿Por qué en una calle no sería a la vez noche con un farol encendido, mientras un día cabalmente azul resplandeciera en el cielo, compitiendo con la amarillenta luz del farol?

Principalmente dos obras de Magritte lo plantean como visionario cuestionador del arte convencional. Una nos presenta un caballete con un cuadro que se confunde con el paisaje que pretende copiar, visto por una ventana: es la crítica del arte como mera reproducción de las apariencias de la realidad. La otra, que es casi continuación del mismo cuadro, ahora “intervenido”, nos presenta el mismo paisaje con el perfil de un águila pero visto a través del vidrio roto de la ventana: es la ruptura del modelo exterior, la negación de la idea de que las apariencias de lo real dan confiable testimonio de la realidad.

Aun otro cuadro emblemático de Magritte, tal vez el más famoso, muestra una pipa convencionalmente pintada y en la tela misma hay una frase manuscrita: “Esto no es una pipa”. ¿Sería este inquietante pintor intelectual un “gran realista del mundo como no es”, según decía Macedonio Fernández acerca de la obra de Ramón Gómez de la Serna, el gran desrealizador, poetizador y humorizador de “la realidad”?

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