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Jueves , 13.12.2018 / 19:03 Hoy

Los inmortales del momento

Los cuentos que ocurren

José de la Colina

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Anoche, cuando en la alta vigilia el periodista estaba fatigado de teclear su cuota de prosa meramente informativa, ocurrió que su desvelo fue interrumpido por ráfagas de una prosa de ficción narrativa que toma la forma de traviesos cuentecillos, los cuales pueden venir de su delirio o de su memoria (como sería el caso de “La prenda delatora”), pero que exigen estar presentes primero en la pantalla y más tarde en la página impresa. Aquí van unas cuantas muestras de tal rafagueo... digamos, lírico.

Eurídice y Orfeo

Habiendo perdido a su amada Eurídice, Orfeo la lloró largo tiempo, y su llanto fue volviéndose canciones que encantaban a todos los ciudadanos, quienes le daban monedas y le pedían encores. Luego fue a buscar a Eurídice al infierno, y allí cantó sus llantos y Plutón escuchó con placer y le dijo:

—Te devuelvo a tu esposa, pero solo podrán los dos salir de aquí si en el camino ella te sigue y nunca te vuelves a verla, porque la perderías para siempre.

Y echaron los dos esposos a andar, él mirando hacia delante y ella siguiendo sus pasos...

Mientras andaban y a punto de llegar a la salida, recordó Orfeo aquello de que los Dioses infligen desgracias a los hombres para que tengan asuntos que cantar, y sintió nostalgia de los aplausos y los honores y las riquezas que le habían logrado las elegías motivadas por la ausencia de su esposa.

Y entonces, con el corazón dolido y una sonrisa de disculpa, volvió el rostro… y miró a Eurídice.

La prenda delatora

El elegante señor Pelham combatía contra un doble infernal que tomaba su forma de ser, imitaba su lenguaje, adoptaba sus costumbres, lo sustituía en los actos públicos y en todos los lugares, aun en su

mismo hogar. Deseando suprimir a ese doble infernal, el señor Pelham decidió un día realizar un acto desacostumbrado que rompiera la rutina de sus costumbres y fuera tan menor que escapara a la sagacidad del otro. Compró una corbata atrozmente chillona, de un dibujo y colores que hacían daño a la vista, se la anudó valientemente al cuello y entró donde lo esperaba el doble, el cual, por supuesto, llevaba una elegante corbata de las que solo usaba el señor Pelham. Esta vez sería el triunfo del verdadero Pelham. La confrontación entre los dos enemigos ocurrió ante el mayordomo del señor Pelham, que, desconcertado, no lograba distinguir entre el amo falso y el verdadero. Entonces el impostor asestó un argumento irrefutable en la forma de una pregunta dirigida al mayordomo:

—James, ¿alguna vez me has visto llevar una corbata de tan pésimo gusto como la de ese señor?

Hasta la madrugada

En la alta noche propicia al insomnio, es decir al desvarío y la alucinación, cuando te miras al espejo y, sintiéndote aburrido de encontrar el mismo rostro de siempre, haces unas cuantas muecas para distraerte un poco (como si te pusieras una tras otra una serie de máscaras de carnaval), ocurre una suerte de silencioso clic en tu pensamiento y empiezas a asustarte preguntándote quién es ese que desde allí te mira, qué estará pensando, por qué también él parece estar asustado tras tus muecas, y cuál de los dos, es decir Tú o el Otro Tú, es el que verdaderamente existe, y entonces, antes de que te arrebate el vértigo, corres como un niño aterrado a tu habitación a meterte en la cama y a taparte la cabeza con la manta, y tiemblas toda la noche en espera de que llegue la analítica luz 


de cuchillo del alba, porque te has dado cuenta de que allí, ante el impasible y acaso algo irónico espejo, has creado un Tercer Tú, un radicalmente desconocido monstruo fosforescente, un demonio de la alta noche que te obliga a tener los ojos siempre abiertos y sin parpadeo, haciéndote ver extrañas y amenazantes quimeras que ni la analítica luz de cuchillo del alba habrá de disolver.

La cabeza parlante

Los sombríos viejos de una aldea remota llegaron a consultar a la Cabeza Parlante.

—Sabia Cabeza, en nuestra aldea todos nos vemos con el ceño fruncido, no nos aguantamos y quisiéramos volver a la ancestral concordia.

Habló la Cabeza:

—Levantad una estatua a cada habitante. Con lo cual, a la vez, levantaréis los ánimos.

—Demasiado caro para la comunidad, sabia cabeza.

—Entonces levantad en la plaza un solo pedestal grande y suntuoso si es posible, y cada día ha de instalarse en él uno de vosotros, y cuando todos hayan cumplido su día de pedestal, volved a comenzar, y sea esto costumbre gratuita y obligatoria...

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