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Sábado , 20.10.2018 / 21:06 Hoy

Los inmortales del momento

¿La muchacha de la "Catarsis" bailó mambo?

José de la Colina

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Había comenzado mi adolescencia y solía yo visitar, para rendirle el ardiente, lento, furtivo homenaje de una mirada ávida, casi lamedora, al cuerpo (moreno, desnudo, posado de lado, bellamente vulgar, ofreciendo invertido y en primer plano el rostro muy pomulado, achinado, de impúdica sonrisa ancha y dientes feroces, sonriendo también con los muslos abiertos en V y en una total disponibilidad) de una putilla espléndidamente alegre y desvergonzada, presumiblemente ebria y quizá en trance de solitario pero alegre orgasmo, que con su corporal intensa fuerza de aparición hizo cimbrarse mi recientemente inaugurada mocedad desde que la vi pintada, colocada al pie de una catástrofe mezclada de revuelta social, en el rincón izquierdo del populoso y cruento mural Catarsis, de José Clemente Orozco, exhibido en el Palacio de Bellas Artes. El imaginado, poderoso, oscuro, denso aroma de coño se extendía desde el mural pictórico a mis ensoñaciones eróticas, como también a las de José Luis Cuevas, mi coetáneo (también del año 34), con quien más de una vez coincidí en aquel piso del recinto en una similar sedienta contemplación de aquella imagen —puesta por Orozco en el muro precisamente en el año en que José Luis y yo nacimos—, y así ocurría mientras Cuevas y este tecleador soñábamos con secuestrarla y trasplantarla definitivamente a nuestra memoria visual y sensual para requerirla en los escondidos momentos en que, como diría greguerísticamente el bardo León Felipe en su poema teatral y en verso “La manzana” “el Adán adolescente ordeña sus deseos”.

Terminaban los años 40, se estaban yendo los cielos de azul purísimo y de grandes nubes blanquísimas del entonces aún vivible centro de Ciudad de México y de mi alargada niñez que frecuentaba las azoteas. En las victrolas parpadeantes de móviles colores aún sonaban las piezas de grato seudojazz bailable de Glenn Miller o de Luis Arcaraz, su émulo mexicano, pero el mambo, sonora invención genial admirada por Igor Stravinsky, ya piafaba impaciente tras bastidores y en cantinas y pulquerías y cafés de mil y una esquinas, montado sin bridas ni estribos por Caradefoca Pérez Prado, y en toda la ciudad capirucha sonaba aquello como plural trompeta de Jericó que exigía con una sabrosa violencia inaugurar los años 50.

Pérez Prado se plantaba en los escenarios con su deslumbrante atuendo blanco de petimetre habanero, todo el cuerpo disparado bizarramente hacia la cabeza erguida, y alzaba briosamente los brazos, gritaba “¡un, dó, tré! ¡mmmammmbbbooó!” y en torno a su cuerpo y su gritona o murmullosa trompeta el tenso espacio estallaba, vibraba, se columpiaba, se volvía un animal de ritmo y sonido, y la banda de músicos, envueltos en una marítima ondulación de mangas en olanes, fundía jazz y rumba afrocubana en una muscular y meneada dimensión sinfónica… Y se desencadenaba el huracán, el torbellino, el bingbang planetario, la sincopada música de las esferas, los saxofones llevando el ritmo con voz de tronco húmedo, de miel ronca y oscura, mientras la trompeta llameaba y la flauta pajareaba entrando y saliendo en la masa de la música, y el torrente finísimo y salvaje de los ríos mamboleros fluía, ondulaba, se infiltraba en un sensual ensueño junto a la cadera del mar bajo la luz solar caribeña… y el mambo crecía, crecía, se alzaba, dominaba espacios, ¡mambo, qué rico el mambo, mambo, qué rico es… es… es!, ¡ay, que bonito y sabroso bailan el mambo las mexicanas, mueven la cintura y los hombros igualito que las cubanas!, y hasta la esponjosa hembrota Anita Ekberg lo bailó en La dolce vita, de Fellini, ¡para que luego se diga que las suecas son estatuas esculpidas en témpanos!

Y sí, desde el último año 40 (y en finales de los tiempos del siempre sonriente presidente Miguel Alemán y de la loca ilusión del amor esperanzado al Progreso y la Prosperidad) sucedía que el audaz Dámaso Pérez Prado, importado de Cuba, impondría el gozable terremoto en remolino del mambo, a todo golpe orquestal en el horizonte tan abierto y, ay, tan irretornable de la que fue Ciudad de México, la que aún mostraba flotantes horizontes de nubes como monumentales pero leves fantasmas paseantes…

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