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Lunes , 24.09.2018 / 03:34 Hoy

Los inmortales del momento

La mejor película de nuestra vida

José de la Colina

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Ocurrió a través de unos cuantos domingos en la cafetería de la Cineteca: a “cien cinéfilos de hueso colorado” (cineastas, críticos cinéfilos, meros filmófagos) el inolvidable amigo Francisco Sánchez nos “encuestó” acerca de nuestra película favorita, no necesariamente de entre las obras maestras, sino la que más nos acompañase “racional o emotivamente”. Resultó una lista de 68 títulos de la cual se obtuvieron los nueve votados más de una vez por quienes Pancho, incluyéndose, apodaba “locos del cine” o “cineviciosos”. Van aquí esos nueve títulos:

Cantando bajo la lluvia, de Gene Kelly y Stanley Donen (5 votos).

Blade Runner, de Ridley Scott (4 votos).

Ocho y medio, de Federico Fellini (4 votos).

El Padrino, de Francis Ford Coppola (4 votos).

El espíritu de la colmena, de Victor Erice (3 votos ).

El ciudadano Kane, de Orson Welles (3 votos).

Iván el Terrible, de Serguei M. Einsenstein (3 votos).

Paris, Texas, de Wim Wenders (2 votos).

Stalker, de Andrei Tarkovski (2 votos).

Entendiendo que a final de cuentas se quería saber cuál era mi principal película de culto, o sea lo que más placenteramente y más veces he visto, y calculo que será más de sesenta veces (en salas comerciales de cine, en alguna cineteca, en la televisión, en videograbadora y hasta en computadora), respondí añadiendo una nota aclaratoria, ¿o “confusatoria”?, que aquí va:

Querido Pancho:

La mejor y más querida película de mi vida [me sentí como cuando los presentadores de los premios Oscar hacen una pausa demoradora] es Cantando bajo la lluvia, y aunque sé que en cuanto a propios placeres, gustos y preferencias, ¡o vicios!, nada queda claro, intentaré aclararte los porqués de mi voto:

1. La presencia breve pero intensísima de Cyd Charisse, la primera de un primer trío de entre las mujeres amadas gracias al cine; las otras dos son Gene Tierney y Gail Russell.

2. La danza como metáfora del encuentro amoroso: el de los cuerpos entre ellos, el de éstos con la cámara filmadora y el de ésta con nuestra mirada.

3. El milagro de que todas las secuencias tienden a finalizar en liberadoras apoteosis del desorden y el absurdo y la belleza, particularmente la del baile de O’Connor, “Be a clown”, la de la clase de dicción, “Moses suposes his nose a rose”, la de “Good Morning”, las dos de Kelly con Charisse, y, ya en plena poesía, la del baile que justifica el título de la película y en la que Kelly danza no solo con la lluvia sino, además, con la invisible cámara, es decir con nuestra mirada; y, luego el episodio-ballet de Kelly en compañía de ¡Cyd!

4. Obra maestra del cine hablado, cantado y bailado, es la mejor y más divertida crónica de un momento crucial de Hollywood: cuenta el paso abismal desde el cine silencioso al cine hablado y el ocaso de divos y divas del “arte mudo” representado por el personaje irritante, divertido y conmovedor de la diva (Jean Hagen) “asesinada” por la irrupción del sonido.

5. Es cine total: todo lo que en la pantalla ocurre, aunque juegue con modos técnicos y estilísticos de la hollywoodense fábrica de sueños, es real por cuanto está ocurriendo realmente allí, en la pantalla, en el espacio y el tiempo de la música y el gesto elevados a la enésima potencia del cine en la levedad de las dos dimensiones y en glorioso tecnicolor.

El cine que canta y danza

Ahora, aun a sus 64 años, Cantando bajo la lluvia (Singin’ in the rain, MGM, 1952) no tiene una sola arruga. La película parece en cada momento inventar la danza cuando, en un set abandonado y penumbroso, Kelly suscita con electricidad y reflectores un amanecer para, danzando, declarársele a Debbie Reynolds (que ya en ninguna otra película estaría encantadora); o la doble secuencia que va de “lo real” a lo onírico con las apariciones de la trepidante, la ondulante, la fascinante, la perfecta Cyd Charisse, o “Mía Cyd” (según diría Cabrera Infante queriendo robármela), en una doble secuencia que irá de “lo real” a lo soñado; o cuando Donald O’Connor repasa, danzando, el catálogo de gags de la comedia bufa (en el número de baile más enérgico, sorpresivo y cómico de todo el cine); o cuando el dúo danzante O’Connor-Kelly traduce a jazz y zapateo un trabalenguas digno de Edward Lear que rima (en inglés) la nariz de Moisés y las rosas; y, en fin pero sin fin: cuando la lluvia embriaga a Kelly haciéndolo ir desde la mera andadura a la celebratoria danza con la lluvia, con la cámara filmadora y con nuestra agradecida aunque celosa mirada amante del cine, el arte de los fantasmas vivos.

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