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Martes , 16.10.2018 / 07:33 Hoy

Los inmortales del momento

La "extrañía" de Gerardo Deniz

José de la Colina

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Cuando en un caluroso anochecer veraniego de 1987 Gerardo Deniz y yo sorbíamos helados en Chiandone (establecimiento del artista de las nieves don Pietro Chiandone), se me ocurrió exclamar en homenaje a una blanquísima, deliciosa nieve de limón: “¡Ah, los placeres de este mundo!”, Deniz, tras un trago de malteada de pistaccio, sentenció con voz correctora: “No hay otro”.

Era como un eco del prólogo de su Mansalva en el que a los lectores desconcertados por su “difícil” poética les recordaba la coherencia de “este mundo donde por lo general el humo sube y las piedras caen, al igual que lo hacen hasta en mis poemas más problemáticos.

El hecho es que a Octavio Paz el primer libro de Deniz, Adrede, le pareció una “tierra desconocida y en la que se habla un lenguaje distinto”, que Eduardo Milán certificó esa obra como un “cuerpo extraño” en el corpus poético hispanoamericano, y last but not least, Fernando García Ramírez veía en el autor de Gatuperio y Enroque un “hombre del túnel”, cavador del habitual terreno de la República de los Poetas. La obra de Deniz, más que una extrañeza, es una extrañía, y elevada al cubo: de tanto hacerse extraño, le ha dado la vuelta a su situación, colocándose fuera, no solo de la realidad “común y corriente”, sino además de esa Cualquier Parte Fuera de Este Mundo en la cual hay poetas que creen vivir en modo sublime desde que Platón los desterró de su República. “Mi poesía es racional”, decía Deniz, “como, mal que bien, todas”. Se comprendería el escándalo por esta impúdica declaración: ¡Grrr!, qué clase de poeta es éste que se resiste a los mágicos poderes de lo irracional, que pretende solo tratar de “este” mundo, que confiesa su “cacareado apego a la materia” y se asombra de que a los otros poetas les ocurran cosas siempre sublimes y sobrevivan para contarlo. ¿Cómo puede un poeta renunciar a los privilegios de su condición: la de ser visionario, vidente, iluminado, profeta, demiurgo y hasta glorioso testigo de Dios o de Satán?

Deniz se reía de las imposturas de los “liróforos celestes”. La poesía, según él, no salva ni cambia al mundo ni es una antorcha en las noches de la historia, ni un método supremo y alucinado de conocimiento. Y el “antipoeta” (según algunos) desinflaba la plusvalía espiritual de la poesía en un raramente versificado poema en que las palabras se desintegraban en sílabas y letras locamente reagrupadas, como dichas desde un disco rayado.

Pero a la vez Deniz declaraba su derecho a la imaginación, a la música verbal, a la analogía (“Creo que todo se comunica más o menos con todo, con cuanto en realidad existe”). Practicaba un hacer poético no negado ni por la razón ni por un realismo que admitía el juego gozoso de los sentidos. Ejercía el poema como un acto sobre todo mental, una respuesta orgullosa y hasta desdeñosamente humana al reino de la necesidad, y no trabajaba con elementos poéticos garantizados. Su material venía, según dijo Milán, de “afuera de la poesía”: venía de la terminología científica, de tratados de química/física, de idiomas poco frecuentes, de lenguas muertas, de traducciones erradas, del lenguaje chatarra, de restos de naufragios culturales, pero además de una gran cultura musical, y todo era alumbrado por una fría luz de alba. Hay en su poesía —para algunos su “contrapoesía”— una vena inevitable a veces sigilosamente escondida: la de un canto celebratorio de la sensorialidad del mundo a propósito de cualquier asunto, aun los de la cultura plebeya. Son paladeables sus versos acerca del mambo: Pérez Prado “hacía girar, en el pivote de la noche grande / (la que abarca del viernes al domingo) / una mandarina con nalgas por gajos, / muestrario revólver de yolandas y patis / cuya rotación nos embelesó”.

Era Deniz un lector irónico que convertía “cualquier cosa” en poema. Así, a la muchacha vista en un cartel anunciador de tobilleras (muy repetido en una larga temporada de las estaciones del Metro) la convirtió en la obsesionante Rúnika de una serie de poemas; así, de un artículo mío que trataba de la mala traducción de un diccionario del cine tomó el título Veinte mil lugares bajo las madres (traducción “mocosuena” de Vingt mille lieues sous les mers, filme sobre la novela de Verne) para titular en su sorprendente Gatuperio una serie de poemas que me dedicó en agradecimiento del “hallazgo”.

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