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Jueves , 20.09.2018 / 08:52 Hoy

Los inmortales del momento

Historia (¿soñada?) de "don Primo" y el fino potro

José de la Colina

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Le decíamos don Primo, pero se llamaba realmente Primitivo Rodríguez Mateos. Su lugar natal era tan dudoso como su edad entre los 60 y los 70 años. Enteco, moreno, de gris bigotito y ojos como cabezas de alfiler, “valía poca cosa”, decía mi padre, sabiendo que se dormía en las noches de guardia. Pero valía mucho en modo de tusitala, es decir, narrador de historias, como Robert Louis Stevenson.

La identidad y la biografía de don Primo cambiaban a lo largo de sus historias narradas en primera persona. Si se hubiera armado el rompecabezas de sus relatos, habría resultado que había nacido príncipe y mendigo, y había sido bautizado en ninguna religión y en todas, y habría pasado por todos los trabajos, profesiones y condiciones. Mil personajes y uno: don Primo.

En el anochecer que es la hora de los tusitalas, salía de su siesta en el cuartito de la parte trasera de la fábrica de figuras de cerámica dirigida por mi padre, y donde además habitábamos. Salía don Primo y, envuelto en olor de tequila y café, se llegaba a la veranda de piedra del chalet, se sentaba en su chirrriante vieja silla mecedora y ante los chamacos de la casa, Raúl y yo, hilaba todo su relato con la misma invariable voz chisguete. Era capaz de contar una historia sobre todo lo que anduviera, nadara, volara, meramente respirara y aun sencillamente estuviera en el mundo, ya fuese animal o vegetal o mineral.

Una obra maestra de Primo narrador era algún episodio de sus andanzas por la revolución que trataré de reconstruir.

“Estaban bien revoltosos los tiempos —decía el chisguete de voz—, nadie se quedaba en su lugar, y nos íbamos en el tren a todo vapor pa’la población de San Juan Titinzán, donde íbamos a chingarnos de sorpresa a la soldada del cuartel, puros pelones carranclanes, y cuando estábamos por llegar que me manda llamar mi general al vagón donde tenía su cuartel general, y que me dice que quería consultar una cosa conmigo, bueno, es que él todo lo consultaba conmigo, porque yo había estudiado estrategia y táctica, y qué no habré estudiado, yo creo que hasta repostería, ¿ven?, y aun cuando yo no tenía ningún grado, comenzando porque a mí los grados puras habas, si de todas maneras todos nos vamos a morir degradados, y entonces me dice: ‘Mira, Primo, orita tengo un problema de veras hijodesu y es que pa’agarrar San Juan Titinzán tenemos muy pocos hombres y aunque contemos con el factor de la sorpresa de todas maneras seguimos siendo nomás unos cuantos, así que te llamé pa’que me des luces en esto’.

“Yo nomás pensé un ratito, pero eso sí con gran fuerza, porque lo importante en todo, acuérdense, más que pensar mucho la cosa está en pensar con fuerza, con harta concentración, lo aconseja el sabio doctor Allan Kardec, y que le digo: ‘Mire, mi general, yo orita estoy todavía muy desorientado, me ha de dispensar usted, nomás déme tantito tiempo pa’que considere y le prometo que alguna maña he de encontrar.

“Y al rato de pensarlo le recomendé un truco que resultó fue agarrar conjuntamente al pueblo y a la guarnición por sorpresa echando por delante la caballada que traíamos en el tren, y cuando los animales oyeron nuestros balazos y gritos, híjole, que se van en tropel contra el objetivo, puro burucutún que hacían que hasta resonaba en su centro la tierra, y así se entraron por las calles y por el portal del cuartel, y el espanto que le entró a las gentes, híjole, y cuanto más que allá íbamos nosotros en nuestros caballos, echando harto grito y harta bala pa’hacer más bulto y como que éramos más número de lo que realmente, y así sorprendimos a la soldada en cueros y mal envueltos en sus cobijas, todos atarantados y sin saber ni qué pasó ni para dónde ir, y a la medianoche teníamos dominado y como una sedita el pueblo, de modo que volvimos a agarrar las riatas y nos pusimos a buscar y juntar los animales, que trotaban de allá pa’cá por las calles, cada vez más asustados, y yo lacé tres que luego les regalé a quién sabe quiénes, pero se me fue un potro precioso, grisecito, que quién sabe cómo el canijo se zafó del lazo, y a cada rato me acuerdo de él y de cómo se le fue a don Pendejo. Pero qué chulada de animal, no he vuelto a ver caballito como ése, mucho menos a tenerlo, hijodesu, qué finito era, y hasta orita se me ocurre que a lo mejor nomás lo soñé”.

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